|
n la década de los sesentas, para la burguesía mexicana, los “valores” y los principios morales eran fun-da-men-tales. El modelo de comportamiento ya había estado establecido por la cultura de ese grupo social en función de lo que debería de ser “la gente bien”. A los hombres se les educaba para que fueran caballeros, patriotas, gentlemen, hombres de bien, trabajadores, buenos cristianos y buenos padres de familia, honorables y valientes “los hombres no lloran”.. Podían andar con quien quisieran, tener muchas novias y echarse sus canitas al aire. Si, por desgracia, (porque son cosas que pasan) embarazaban a alguna chica, sin recursos económicos y que, además, no perteneciera a su círculo social, era problema de ella. Ellos no podían ni debían olvidar que tenían la responsabilidad de mantener el nombre de la familia en el sitio relevante que merecía, por lo tanto, era muy importante casarse con una chica de su mismo medio social. A las mujeres se les educaba dentro del rol de la preparación para el matrimonio. Desde chiquitas se les decía que su objetivo principal en la vida era casarse. “¡Mas vale una mal casada a una bien quedada!” se repetían resignadamente. Las chicas eran educadas de acuerdo con lo que debe ser lo femenino: virtuosas, dulces, hacendosas, piadosas, delicadas, fieles, refinadas, elegantes, discretas, y prudentes; dedicadas a la educación de sus hijos y a las labores del hogar, esposas abnegadas, y devotas cristianas, no deben de participar en el mundo de la economía, ni de la política, (no es femenino), si acaso sólo escuchar sin intervenir cuando se tratara de pláticas serias sobre estos temas. En ellas recaía la responsabilidad de perpetuar las virtudes y cualidades que deben perdurar en los hogares católicos de México.
Lo importante era “guardar las apariencias”. No dar oportunidad al “qué dirán” era la consigna y uno de los temores que más obsesionaba a esta clase. Estaban dispuestos a disimular, ocultar y encubrir cualquier falta cometida dentro de su familia, con tal de no andar “en boca” de nadie. Si sus maridos tenían aventurillas por ahí, había que hacerse de la “vista gorda” y si se hacía chisme había que atribuirlo a la envidia o al ocio de algunas personas malvadas. Si sus maridos eran unos playboys, buenos para nada e irresponsables que solo jugaban a las cartas o al polo, ellas debían aceptarlos y respetarlos, disculpando sus debilidades y sus rentas de miseria. Debían, entonces, poner en práctica, todas esas habilidades que habían aprendido para mantener las apariencias. Si el marido se emborrachaba en las fiestas, tenían que , con una sonrisa, sobrellevarlo, soportarlo, sostenerlo, y llevarlo a casa, ayudarlo a desvestirse y, al día siguiente, curarle la cruda. Siempre los disculpaban con tal de no tener enfrentamientos que pudieran ocasionar cualquier tipo de violencia. Callar en estos casos no significaba otorgar sino, simplemente, dignidad. |