Quinta Las Brisas

Testimonio de un amor…

Por Donatella Lockhart Fotos: Jorge Ávila

 
 

ocas casas tienen en su fachada una declaración de amor indeleble, amor de Diego Rivera a Dolores Olmedo. En la casa de Dolores Olmedo en Acapulco, rebautizada Exekatlkalli (Casa del dios del viento en Náhuatl o Quinta Las Brisas), Diego expresa un tema intimo en su totalidad, el reconocimiento de un amor. Estamos en 1956, al final de la vida de Diego, después de su viaje a Rusia para tratar de curar su enfermedad. Lola le propone su casa de la Pinzona en Acapulco con vistas increíbles (desde allí, Diego pintará veinticinco atardeceres, desde diferentes puntos de vista, de los cuales veinte se pueden apreciar todavía en el Museo Dolores Olmedo).

Diego se quedará un año en Acapulco, trabajando en el jardín o en su vasto estudio de doble altura. Por primera vez, Diego obtuvo carta blanca para unir arquitectura y arte como lo había deseado tantas veces. Nos acordamos de las discusiones de los arcos del Palacio Nacional, incómodos para desarrollar el tema de Diego. En la fachada, Diego Rivera quiso representar en mosaico veneciano con nácar, a Lola como Coatlicue (La serpiente diosa de los dioses, la gran madre universal) y en Xilonen la diosa del elote (también símbolo de la Malinche) de un lado, y del otro Quetzalcóatl con Xólotl dios del relámpago, dios que conduce a los muertos a su destino final, con el sapo Diego.

El sapo ofrece su corazón a Xilonen, una figura con los grandes labios y ojos almendrados como los de Lola Olmedo. En sus murales de mosaico, Diego utiliza la iconografía pre-hispánica para un mensaje de amor sencillo, pero también relacionado con el cosmos, quizá porque el cáncer de Diego se hace más preciso, y relacionarse con otra dimensión se convierte en una necesidad. Unos ven en los murales de la casa, una alegoría del otro mundo donde lo mineral, lo vegetal, lo masculino y lo femenino se encuentran para ser uno.

Quizá el símbolo de la concha pegada sobre Coatlicue va más allá de un instrumento de comunicación de los pescadores al ser un símbolo de la muerte, una transición. En la fachada, los cuatro elementos son representados (Coatlicue: tierra, Tlaloc: agua, Xólotl: fuego, Quetzalcóatl: viento) con el ser humano en su medio y la problemática de continuar la vida. Que mejor ilustración que incorporar los elementos de lo cotidiano como los Xoloitzcuintles para Lola y sus propias creencias como el martillo y la hoz en el estudio. Al estudio se accede por un mezzanine conducido en un mural al techo por Coatlicue, luego guiado por una mano hasta el quinto sol, la era del hombre, y de allí al segundo piso, piso del estudio del maestro, un cubo de casi doble altura, aprovechando diferentes luces de grandes ventanales con diferentes vistas.

En el techo del estudio, más murales incorporan al sapo ofreciendo su corazón a Lola, una Coatlicue con pelo largo, en el viento del agua y sus peces, un universo liquido donde cuatro estrellas brillan como los cuatro hijos de Lola, que Diego retratara allá, gozando de la casa, talismán de su amor. Los murales de la casa funcionan como un jeroglífico que en parte se explicó en una carta de Diego a Lola, avisándole de su regreso de Rusia a México.

El techo del estudio incluye la carta tan importante con la paloma de la paz, el avión de regreso de Rusia tierra de paz, Rusia también, representada por el martillo y la hoz, el avión transportando al sapo Diego. Durante este año, Diego pudo aprovechar las diferentes terrazas de la casa, minerales, vegetales, vertiginosas o pacificas, como la de la alberca bordada por palmeras majestuosas. De la época famosa, quedan los descendientes de los xoloitzcuintles de Lola (Eugenia y Bonito), la implantación del jardín, los limones, las plantas nativas y decorativas, los árboles, los frutales que delimitan las diferentes áreas de descanso del terreno. Arriba del estudio, Lola tenia su casa, un edificio con grandes terrazas y ventanales para las diferentes estancias, comedor, tres recámaras para sus hijos y para invitados. En el segundo piso, Dolores Olmedo tenía una recamara amplia a lado de la sala, con su vestidor y cuarto de baño.

Al final de su vida, Dolores utilizó la parte de sala de su recámara como comedor para continuar recibiendo a sus amigos. La casa tiene diferentes ambientes y vistas, probablemente unas de las más bellas de Acapulco sobre La Quebrada. Carlos Pellicer escribió sobre la casa fuera de lo común, un poema diciendo: que en la casa de los vientos, los ojos son mas grandes que las orejas, bajan la escalera hasta el mar y nos muestran que una mano, una vez, vivió entre el agua, la tierra, el aire y el fuego y empezó a pintar. La importancia testimonial, histórica, geográfica, de la Quinta Las Brisas hace de ella un lugar único en el mundo, extraordinariamente conmovedor para los amantes del arte.

 
 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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