harlotte
Loyzaga cumplió su sueño, gracias a su esposo Jorge, el
muy talentoso arquitecto que realizó tantos proyectos extraordinarios
en la república mexicana. Charlotte y Jorge querían una
casa donde uno pudiera vivir, amar y reflexionar al hilo de la trayectoria
del sol. En cada hora y en cada temporada, Jorge sabe muy bien en que
parte de su casa acarician los rayos del sol, de donde vienen los vientos,
tal como un navegante del pacífico, regresando al puerto con sus
tesoros de Asia.
De broma, Charlotte y Jorge quieren presentar su hogar
como la visión de un representante de la Compañía
de Indias! Es la razón por la cual escogieron una vajilla blanca
y azul acordándose de los mares del sur y al mismo tiempo del toque
francés que tiene la casa. Fue muy simpático ver a Jorge
y a Charlotte escogiendo su mesa ideal en Casa Palacio, una mesa para
una comida tarde, refinada, sin ostentación. Eligieron un magnifico
frutero de Puebla también blanco y azul. Jorge y Charlotte saben
muy bien ensamblar diferentes elementos con diferentes atmósferas,
para dar toda la armonía que merece una mesa acapulqueña.
Jorge, que tiene diversas pasiones, realizó un libro muy divertido
sobre el arte de la mesa. Jorge Loyzaga es también un apasionado
de Acapulco, de la historia mexicana que transita por este puerto sin
igual, que permitió en su tiempo, el intercambio de tres civilizaciones,
un intercambio tan profundo que se nota en los colores, en la gastronomía,
en la ebanistería… Es la razón por la cual, Jorge
no dudó en ayudar al Fuerte de San Diego para su museografía
con la participación de Rodrigo Rivero Lake.
Charlotte también se interesa mucho en este mestizaje
de culturas, que hace posible la asociación riesgosa de diferentes
ambientes para llegar a una personalidad propia. Con el corazón
que le conocemos, quiso dar un homenaje sutil a Esteban Matison, llevando
un vestido sencillo pero elegante, que hizo a Esteban ser conocido, como
diseñador, no solamente en México sino también en
América. Para cumplir con esta idea original de reconciliación
entre el oriente y el occidente, Charlotte y Jorge introdujeron nácar
en los bajo platos, en los cubiertos, en los servilleteros. Las copas
azules subrayan los tonos marítimos. Los candelabros franceses
resguardan al magnifico frutero de Puebla, otra combinación interesante
del conocimiento europeo de talavera con la fineza del trabajo poblano.
Charlotte nos aconsejó de nunca tener miedo de
un gran centro de mesa. Un centro da personalidad a su mesa, ofrece un
recuerdo del momento y, sino molesta la vista de los comensales, y si
deja suficiente espacio para las copas y la vajilla, cualquier objeto
o pieza que esté en armonía con el resto de la mesa, puede
servir de centro. De la playa acapulqueña se inspiran los saleros
y los pimenteros en forma de concha. Con su muy afectuosa sonrisa, la
discreta Charlotte nos invita a pasar a la mesa.
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