Volaron las Palomas

Extracto del Libro

Por Ruth Davidoff. Fotos: Gerardo Suter.

 
 

Ruth Davidoff, hija de Alberto Misrachi el famoso galerista, editor de revista, de libros de arte, publica un libro epistolar donde abre ventanitas divertidas sobre temas interesantes, a veces desgarradores, siempre en un tono alegre. Son historias de su vida y de sus seres queridos. Este libro es fascinante porque la historia personal de Ruth Davidoff se cruza con la Historia de las últimas décadas. La Editorial El Tucan de Virginia ofrece a los lectores de Casas&Gente un extracto de su libro.

“En 1924 llegó papá a París en viaje de negocios y pasó a saludar a la familia de su amigo Sol. Estaban en la sala tomando café cuando entró mamá con sus libros de música bajo el brazo. Anna, a quien él recordaba como la niñita de trenza larga. Su trenza era todavía muy larga pero ya no era niñita. Apenas la vio, pidió una segunda taza de café y antes de terminarla, ya había decidido prolongar su estancia en París.
Al día siguiente, primero de mayo, papá tocó a la puerta con un ramito de “muguet” en la mano y pidió ver a Anna. Se saludaron en griego, el idioma de su niñez, pero en griego no tenían las palabras que dijeran lo que en ese momento sintieron el uno por el otro y cambiaron al francés, idioma en el que hablaron hasta el día en que mamá habló el español de México y ya no en el ladino de Monastir.

Todas las historias de amor son diferentes pero también son más o menos iguales. Yo sólo puedo imaginar lo que fueron esos días de noviazgo.(…)

Antes de regresar a México, papá había comprado el pasaje para mamá, sus padres y una de sus hermanas, para que lo siguieran.(…)

A los pocos días de haber llegado a México, papá llegó a recoger a Mamá. La tía Alegra se apresuró a cambiarse para acompañarlos; papá le dijo que era absolutamente innecesario que se molestara, ya que en el nuevo mundo no era mal visto que los novios salieran solos. Papá no acostumbraba mentir, pero lo hizo y en serio. Ellos le creyeron. Se subieron solos al fotingo (¿te acuerdas que así se les decía a los taxis?) en el mismo en el que había llegado papá a recogerla y que los esperaba abajo.

¡Al Hotel Regis!... le dijo al chofer. Al llegar bajaron directamente a la peluquería, donde ya los esperaba el Sr. Muciño. Éste sentó a mamá inmediatamente en su sillón, le soltó la trenza, admiró su cabello que le llegaba hasta debajo de la cintura y les preguntó que si estaban seguros de lo que iban a hacer.
Una hora más tarde salían del Regis. Llovía y mamá sintió frío en la nuca. Su trenza la llevaba en una cajita de zapatos bajo el brazo. Yo recuerdo haber visto esa cajita, en la repisa de arriba de su clóset. La guardó muchos años, hasta que un día se la regaló a Frida Kahlo para que se la aumentara a la suya.”

 
 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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