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uando era niña me encantaba la bicicleta. Siendo la séptima de una familia de nueve hijos, a los 10 años heredé dos bicicletas de mis hermanos mayores. Recuerdo que en vacaciones, por la mañana usaba una; y por la tarde, manejaba la otra. Entonces se podía andar en “bici” con toda la seguridad y libertad del mundo en la colonia Cuauhtémoc. Todavía me veo con mis pantalones “pesqueros” color de rosa, feliz de la vida navegando con mi bici por las calles de Sena, de Nilo, de Tigres, de Rhín y de Nazas. Andando el tiempo me empezaron a encantar las ciudades con bicicletas. Me encantó Ámsterdam, ciudad que no imagino sin sus bicicletas. Me encantó Viena y ahora me encanta el Distrito Federal porque cada día veo más bicicletas por todos lados.
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