La Corona de Inglaterra y sus amores

Por Guadalupe Loaeza.

 
 

sta historia de amor del siglo pasado, de la cual se han escrito mares de tinta, empezó como un favor entre dos amigas. En enero de 1934, lady Thelma Furness, la amante en turno del entonces Príncipe de Gales, almorzando en el elegante hotel Ritz con Wallis Simpson, una divorciada de Baltimore, casada en segundas nupcias con un próspero magnate naviero, le pide a su amiga que, durante el tiempo que le tomará un viaje que tenía que realizar, atendiera al elegante, fiestero príncipe para que no fuera a hacer travesuras. Lady Furness nunca se imaginó que la travesura la iba a hacer la propia Wallis. El Príncipe de Gales era el hijo mayor del rey Eduardo V y de la reina María y el sucesor del trono británico, y la señora Simpson se sintió muy halagada con el encargo. Cuando regresó Thelma de su viaje se dio cuenta de que ya no era bienvenida en la vida del príncipe Eduardo, quien ni siquiera tomaba sus llamadas telefónicas.

El rey Eduardo se encontraba ante tres opciones: renunciar a Wallis, y el gobierno renunciaría si conserva a Wallis, o abdicar y ceder el trono. Cuáles fueran los motivos ulteriores, no se sabe pero ella, en aquel momento, no quería que renunciara al trono. Lo que quería era, convertirse en la amante oficial del rey de Inglaterra.

El 11 de diciembre de 1936 a las diez de la mañana, millones de británicos escucharon por el radio la conmovedora voz de Eduardo VIII: "…me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como Rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo."

Con el título de Duque de Windsor, otorgado por el nuevo soberano su hermano, Jorge VI, padre de la presente reina Isabel, Eduardo, abandonó Inglaterra con "la mujer que ama" para dedicarse a una vida de una opulenta vaciedad, dedicada al culto del amor y a las relaciones sociales. Después de su matrimonio en el castillo de Candé en Francia, efectuado en la más absoluta intimidad, los recién casados recibieron una discreta carta en donde se les informaba que la Duquesa no tenía derecho a ser llamada Alteza Real ni a recibir, por lo tanto reverencias, a pesar de su matrimonio con el Duque. Esto lo tomaron como la más grande humillación.

Las relaciones entre la familia real y los Duques habían sido funestas desde el principio. La Corona Inglesa no estaba de acuerdo para nada con la vida superficial, frívola y extravagante que llevaban los duques de Windsor. Se referían a ella como "esa mujer". Sin el permiso del soberano reinante no podían regresar a Inglaterra. La Duquesa, con los años se volvió aún más dura, prepotente, anoréxica, nerviosa y, abusiva con su marido. No nada más le gritaba en público, sino que lo humillaba en la intimidad. Con el tiempo Wallis, a fuerza de estirarse tanto el cuello, los médicos, después de unos años tuvieron que intervenirla quirúrgicamente y fueron muchas dificultades y problemas para entubarla debido a todas las cirugías estéticas que ya se había hecho. El Duque seguía patológicamente enamorado de su esposa, cumpliéndole todos sus caprichos y aguantando sus malos tratos. Escribió un tratado de horticultura y sus Memorias en donde repite que nunca se arrepintió de su decisión a pesar de las ofensas que recibió por parte de la Corona como fue la de haberlo excluido de todas las manifestaciones oficiales de la monarquía británica como por ejemplo, la coronación de su sobrina, Isabel II. Solamente cuando ya estaba moribundo recibió la visita de su soberana . Eduardo murió en 1971, un mes antes de haber cumplido los 78 años. La familia real permitió que Wallis estuviera presente en los funerales que se llevaron a cabo en Londres y que pernoctara en Buckingham Palace. Catorce años después de la muerte del Duque, Wallis murió el 24 de abril de 1986, dos meses antes de haber cumplido los noventa años. Sobre su buró, enmarcado en oro, se encontró un mensaje de amor que leía:

"Mi amiga, vivir contigo solo,
Pienso, fué mejor que poseer
Una corona, un cetro y, un trono".

Sus restos descansan en la capilla en el Castillo de Windsor, al lado de Eduardo.

 
 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

Suscripción en línea

 
Suscríbase | Contenido | Regresar al Inicio
 
Contacto
Envíenos sus Comentarios