Lo moderno de esta casa contrasta con los toques antiguos de reliquias familiares, antigüedades o recuerdos, que le dan tanta personalidad. Los jardines abundan en especies de diferentes colores tipos de follaje y formas, cada esquina aporta a esta belleza de composición, la cual se puede apreciar desde cada punto del interior. Resalta el pequeño techo vivo, de plantas endémicas de la Ciudad de México, encima del espacio de la cochera, aprovechando la belleza natural de la flora de esta ciudad. En el tejado de la casa, la arquitecta alza, con arquitectura movible, su estudio. La bodega, aprovechando el espacio donde una vez estuvieron las calderas de diesel, usa materiales comunes, como las láminas de fibrocemento, para convertirlas en repisas para vinos y darle una ambiente acogedor donde siempre es muy agradable compartir una buena botella de vino.
La sala de doble altura, gira alrededor de un gran candelabro antiguo, que ha iluminado a generaciones anteriores de la familia, y con unos grandes sillones Le Corbusier y unas divinas sillas Basculant, evocan un sentimiento de nostalgia por el pasado, dentro de la modernidad de cada momento. Un gran tapiz, pieza única, de Pedro Coronel, da un toque de color al tema principal del blanco y negro de la sala. Un verdadero logro. |