Amor es perlas

Por Daniel Liebsohn. Fotos: Rony Liebsohn Litsky.

 
Fray Miguel de Herrera. Retrato de Doña María Loreto de Águila y Zeijas. México, 1775. Óleo sobre tela.
 

l amor tiene muchos aposentos, si bien la buena moral solo permite un lecho para el ser amado, los pecaminosos placeres pueden refugiarse en las artes, la moda, los perfumes… pero sobre todo en las joyas.

Las místicas perlas con sus nacarados reflejos nos transportan de las profundidades del mar a la superficie de la piel que al rozarlas van lustrando su brillo; es una relación íntima entre la joya que vive y goza de su única dueña alimentándose de sus néctares, pero muere de tristeza en el abandono.

El aprecio por este exquisito obsequio de la naturaleza, encontró su máxima pasión en el Virreinato, donde la aristocracia fuera de control, en boato y excesos, portaba en grandes cantidades aquellos tesoros llegados del Pacífico -de Japón los más afamados-; “Las señoras elegantes se enredaban al cuello hilos de las hermosísimas perlas blancas de las costas sureñas o las magníficas y raras del Golfo de California con su tonalidad gris. La isla Cerralvo… fue la que más perlas dio, aun se observan en las playas los montones de conchas.” Fueron tales los comentarios y el asombro, que en la corte española se platicaba de aquellos excesos. Cuenta la leyenda que a su llegada a la Nueva España, la virreina de Branciforte quedó impactada por las perlas novohispanas e ideó un maquiavélico plan para hacerse de ellas. Usando un hermoso aderezo de corales y amenazando que las perlas habían pasado de moda –claro, no sin antes compincharse con el joyero para que le guardase todas aquellas perlas que fueran canjeadas- logró que las ingenuas damas de la corte corrieran a cambiarlas para estar a la vanguardia europea. En este par de retratos de Doña María Loreto de Águila y Zeijas y de Don José Ignacio García, de la mano del pintor Fray Miguel de Herrera, podemos ver a la joven pareja que llenos de belleza entrelazan sus vidas, él amándola a ella y ella amando a sus joyas, en las que la nueva boga por los corales se fusiona con las perlas. Porque de la necia superstición de que las perlas son lágrimas ya aclaró la Doña “Lágrimas tus alhajas que son chafas, mis perlas sólo me han traído felicidad”.

 
Fray Miguel de Herrera. Retrato de Don José Ignacio García. México, 1775. Óleo sobre tela.
 
 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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