| cuenta Renato Leduc en sus memorias que un día que se encontraba en la puerta de una cantina de las calles de Iturbide, mientras esperaba a su esposa para ir a comer, se paró un coche del cual bajó María Félix y le dijo: "Renatito (siempre le llamó así), quiero que me acompañes a comprarle un regalo a Agustín, pues como pasado mañana es su santo, no sé qué regalarle...". Después de haber recorrido varias joyerías de Madero, finalmente fueron a Kimberley, donde la doña le compró a su marido un par de mancuernillas con sus iniciales "A.L". Después de pagarlas, el empleado se comprometió entregárselas dos días más tarde a las dos en punto. Dos días después, cuando Renato fue a la casa de María y Agustín por la noche para darle su abrazo, lo único que se encontró fue a su amiga Muñeca Téllez Wood, al hermano de ésta, y miles de pedazos de vajilla regadas por doquier. Al verlo entrar le dijo su amiga: "Tú sabes que Agustín es muy puntual para comer y resulta que como María llegó a las cuatro y media, este c… rompió toda la vajilla y se metió a su cuarto... Después, cuando llegó y vio el tiradero, María no saludó a nadie y también se encerró en su habitación... A ver si arreglas esto...". De inmediato Renato Leduc fue a hablar con Lara quien estaba sentado en la cama fumando un cigarro: "¿Y María?", le preguntó. "¿Qué no la has visto?... Está en su cuarto...". Asegura Leduc, que enseguida se dio cuenta de la indirecta: "el hombre se estaba imaginando cosas y me vi precisado a aclararle: "La última vez que la vi, fue antes de ayer en el centro que la acompañé a comprarte tu regalo". "¡Ah!... ¿Fuiste tú el de la idea de las mancuernillas?...". Ya calmados juntos fueron al cuarto de María, quien al ver a su amigo exclamó: "Ay, Renatito... ¿Te acuerdas que los de la joyería quedaron en entregarme las mancuernillas a las dos? Bueno, por culpa de esos tipos, Agustín y yo hemos tenido una bronca, ya que me las entregaron a las cuatro". Finalmente se reconciliaron y bajaron a la sala para festejar al cumpleañero. Allí la Muñeca le dijo a Leduc: "Ponte listo, porque el c… de Agustín creyó que María y tú se habían ido a encerrar por ahí...". Las broncas, de celos como las llamaba María siguieron de más en más. Un día para darle un sustito, Leduc se atrevió a aconsejarle a María que se fuera a Monterrey sin avisarle. Fue en esos días que Agustín, desesperado, le compuso en su honor la canción titulada Humo en tus ojos... Sin embargo, no fue suficiente porque, como dice Leduc: "Y es que como digo, Lara j… mucho a María con sus celos, lo cual ocasionó que el matrimonio viviera en constante zozobra porque, además, el compositor no le era fiel a María Félix... Y así, lo que inevitablemente tenía que ocurrir, ocurrió: Una vez que Agustín se enredó con una tonadillera española, la actriz lo mandó muy feo a la ch…, pues le mandó la ropa envuelta en una sábana de Holanda al Follies, que era el sitio donde trabajaba el llamado músicopoeta con un recado que decía: Devuélveme la sábana porque la compré en Holanda y me costó muy cara".
Recién divorciada María de Agustín Lara, se encontró con Leduc en una reunión; he aquí la conversación que sostuvieron sentados en un sillón forrado de satín blanco y rodeado por muchos espejos: "Ay Renatito, ya no sé qué hacer... fíjate que de las cosas de hombres, como son supervisar mis contratos y cambiarle placas a mi coche, se ocupan lesbianas enamoradas de mí... Y luego, las cosas de mujeres, como por ejemplo todo lo referente a mi vestuario, las hacen los maricones... Como verás yo necesito a un hombre en mi casa... ¿Por qué no te casas conmigo?". Después de que meditó un instante Leduc le respondió: "Mira, en primer lugar, tú no necesitas a un hombre sino a un administrador y si yo no puedo administrar mis propias cosas, comprenderás que malamente podría hacerlo con las tuyas... "Después, en segundo lugar, si me caso contigo, pasaría de ser Renato Leduc a convertirme en el señor Félix, lo cual está de la ch… Y, finalmente, si ya les diste en la m… al ingeniero Palacios, al padre de tu hijo, al mariachi de Los Calaveras y hasta a mi cuate Agustín, ¿no crees que yo seguiría el mismo camino? Sin embargo, yo conozco a un hombre con el que te podrías casar sin menoscabo de su propia personalidad, que te administraría perfectamente tus cosas y que, además, te metería en cintura...". "¿Y quién es ese hombre?", le preguntó María intrigada. "Pues el mariscal Stalin...".
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