
a quinta fachada, como llama al techo el arquitecto José Luis Ezquerra, se extiende bajo el cielo límpido de Atlixco, en una armonía de formas esculturales, cúpulas y torrecillas que, vestidas de blanco, dibujan el horizonte y deslumbran al mismísimo sol.
Alos pies del volcán más célebre de México, el Popocatépetl, la pequeña ciudad de Atlixco es, desde su fundación en 1579, reina del paisaje y dueña, dicen, del mejor clima del mundo. En este valle, a media hora de la ciudad de Puebla, crecen muchas flores y en sus calles, hermosos ejemplares de la arquitectura barroca deslumbran con sus complicadas decoraciones de argamasa en muros naranjas, rosados y amarillos.
La imagen blanquísima de la casa La alborada nos transporta a un reino fantástico que evoca lo mismo alguna isla griega que un lugar habitado por seres de leyenda. Su creador, José Luis Ezquerra, arquitecto del mítico hotel Las Hadas, diseñó la villa en 1976 para un matrimonio poblano que se había enamorado del resort ubicado en las playas de Manzanillo. Veinticinco años más tarde los nuevos dueños llamarían al arquitecto original para remodelarla. Este ejemplo precioso de lo que su autor llama “lejanismo” en arquitectura evoca —sin calcarlos— momentos distantes de la historia y la geografía. Masas, volúmenes, proporciones y formas parecerían interpretaciones libres de edificios tan antiguos como los sueños. Quizá por eso resulta tan sencillo proyectar la fantasía individual y sentirse acogido por el espacio, ya sea fuera o dentro de esta casa rodeada de jardines, con árboles señoriales, palmeras y flores de colores vivos. En La alborada el interior es tan blanco como las fachadas. Las obras de arte, muebles y accesorios adquieren un valor intensificado por el contraste. Los muros pueden ser curvos y abundan los arcos y las bóvedas como elementos arquitectónicos.
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