
er aristócrata en México tiene un valor social nulo desde que los títulos nobiliarios fueran abolidos por la Constitución de 1857, tras la independencia del país de la Corona española. Y aunque ya nadie la tome en serio, la sangre azul acarrea en su caudal las historias forjadas por los nobles de otros tiempos y encarna en esos objetos preciosos, asociados a tradiciones y anécdotas familiares, que forman parte del legado de quienes hoy serían duques, condes o marqueses.
En un espacio definitivamente contemporáneo —un loft en la colonia más trendy del DF, la Condesa— habita Alfonso de Bustos, Duque de Huete, cuyos antepasados poseían más títulos “que habas dan por un peso” e incluyen, por ejemplo, al Marqués del Apartado, cuya casa, obra de Manuel Tolsá, es uno de los edificios neoclásicos más hermosos del Centro Histórico.
Al pasar a través de una entrada estilo japonés, se puede percibir la magnifica sala de doble altura, con un balcón teatral al primero piso, sobre la sala y donde se encuentra la recamara de invitados.
En este penthouse de un edificio recién remodelado, los interiores de corte minimalista y el despliegue de tecnología previsto en los nuevos espacios inteligentes conviven con óleos, tapices, porcelanas y otros objetos de belleza extraordinaria, quizá no tan antiguos como la misma familia de Alfonso —que se remonta a la época feudal— pero sí provenientes de los siglos XVII al XX. Entre las piezas más importantes están las pinturas y grabados históricos sostenidos por cables de acero, que parecen flotar contra los muros y ventanales de doble altura por donde entra, generosa, la luz. En este ambiente donde se han fusionado tradición, modernidad y buen gusto, el Duque de Huete, o Firu, como lo llaman sus amigos, lleva a cabo las degustaciones de los menús que habrá de servir a los clientes de su empresa, Casa Huete, especialistas en banquetes para los más distinguidos.
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