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obstante estos cambios que no dejaban de inquietar a la burguesía
mexicana, los más conservadores se distraían con la sección
de sociales de los periódicos, donde todavía reseñaban
las fiestas de los más ricos. Gracias a la columna de Nicolás
Sánchez-Osorio, se enteraban de quién había ido a
Le Club de Acapulco, quién había comido en el Jockey Club,
cuanta gente había ido al cóctel del 14 de julio en la embajada
francesa, quién estaba bailando en el Polo. Sabían a quién
había invitado Juan Sánchez Navarro a su rancho, qué
tal le había ido al propio Nicolás, en el hotel Plaza Athénée
de París; a qué mexicanos se había encontrado brindando
con champagne en el Lido, de qué marca era el vestido que llevaba
María Félix cuando fue a comer al Champs Elysées
junto con Ernesto Alonso y cómo había estado el desfile
de modas de Christian Dior traído desde París por la señora
Lupita Montekio, responsable de actividades sociales de la Cruz Roja Mexicana.
En las fotografías a todo color de la sección “Cuic”
del periódico Novedades, se publicaban, asimismo, los cócteles
que organizaba Charles Kovec, director de Relaciones Públicas de
El Palacio de Hierro, o en las residencias de los millonarios de entonces:
Carlos Trouyet, Manuel Espinosa Iglesias, Alberto Bailleres, Aníbal
de Iturbide, Jorge Larrea, Bernardo Quintana, Octaviano Longoria, Rómulo
O’Farrill y, por supuesto, todos, todos los miembros de la familia
Azcárraga. Sánchez-Osorio cuidaba que fueran exclusivamente
nombres conocidos no obstantes que el jet set mexicano ya estaba muy “revueltito”.
Fue a partir de esta época que empezaron a hacer concesiones con
los apellidos o con los tipos físicos, no importaba tanto la apariencia
física.
No importaba si no se hubieran visto tan decentes: lo
que importaba era el ¡dinero! Nuevos ricos, morenos, chaparros,
hijos de divorciados o de políticos, eso no importaba; lo importante
era salir en las fotitos enumeradas que cubrían toda una plana.
No salir en alguna de las crónicas de Sánchez-Osorio resultaba
lo mismo que si se hubiera vivido en el limbo. Ser o no ser parte del
Cuic. Si en la foto salían todavía más morenos, era
nada más porque habían pasado una larga temporada en “Aca”
o porque venían de una croisière por las Antillas. ¡Cuántas
señoras bien de los setenta, que también les daba mucha
ilusión salir en estas secciones, reunieron todas estas planas
del Novedades y El Heraldo en álbumes forrados en piel de cochino!
Para las que era de verdad casi un “privilegio” aparecer en
esas columnas era para las extranjeras que habían sabido relacionarse
con el le tout México. Muchas iban a los cócteles de Marie
Therese o de Viviana Corcuera, aunque no hubieran conocido a nadie. Se
presentaban muy bien vestidas, con una libretita en la mano para anotar
todos los apellidos de la gente conocida y así poder invitarlos
a sus fiestas. Ahora que muchas de estas señoras ya viven en su
respectivo País, y que ya son abuelas, cuando oyen criticar a México,
luego, luego salen en su defensa y dicen:
- México es un paraíso. Allá todo es fácil.
Todo el mundo es accesible. Los ricos son muy divertidos. Cuando yo vivía
allá me divertí tanto. Cuando vayan no dejen de buscar a
un personaje mexicano muy folklórico que se llama Nicolás
Sánchez-Osorio, él conoce a todo el mundo y está
invitado a todos lados. Gracias a él, mi marido yo conocimos a
un México muy internacional… ¿Cuántas señoras
bien mexicanas aún sienten la misma nostalgia por aquél
México donde, efectivamente, todo el jet set se conocía
y ellas se divertían como enanas?, como decían.
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