Upstairs, never Downstairs!

© Extracto de su libro: Los de arriba.© 2002. Editado por Random House Mondadori, S.A. de C.V.

Por: Guadalupe Loaeza

 

o obstante estos cambios que no dejaban de inquietar a la burguesía mexicana, los más conservadores se distraían con la sección de sociales de los periódicos, donde todavía reseñaban las fiestas de los más ricos. Gracias a la columna de Nicolás Sánchez-Osorio, se enteraban de quién había ido a Le Club de Acapulco, quién había comido en el Jockey Club, cuanta gente había ido al cóctel del 14 de julio en la embajada francesa, quién estaba bailando en el Polo. Sabían a quién había invitado Juan Sánchez Navarro a su rancho, qué tal le había ido al propio Nicolás, en el hotel Plaza Athénée de París; a qué mexicanos se había encontrado brindando con champagne en el Lido, de qué marca era el vestido que llevaba María Félix cuando fue a comer al Champs Elysées junto con Ernesto Alonso y cómo había estado el desfile de modas de Christian Dior traído desde París por la señora Lupita Montekio, responsable de actividades sociales de la Cruz Roja Mexicana. En las fotografías a todo color de la sección “Cuic” del periódico Novedades, se publicaban, asimismo, los cócteles que organizaba Charles Kovec, director de Relaciones Públicas de El Palacio de Hierro, o en las residencias de los millonarios de entonces: Carlos Trouyet, Manuel Espinosa Iglesias, Alberto Bailleres, Aníbal de Iturbide, Jorge Larrea, Bernardo Quintana, Octaviano Longoria, Rómulo O’Farrill y, por supuesto, todos, todos los miembros de la familia Azcárraga. Sánchez-Osorio cuidaba que fueran exclusivamente nombres conocidos no obstantes que el jet set mexicano ya estaba muy “revueltito”. Fue a partir de esta época que empezaron a hacer concesiones con los apellidos o con los tipos físicos, no importaba tanto la apariencia física.

No importaba si no se hubieran visto tan decentes: lo que importaba era el ¡dinero! Nuevos ricos, morenos, chaparros, hijos de divorciados o de políticos, eso no importaba; lo importante era salir en las fotitos enumeradas que cubrían toda una plana. No salir en alguna de las crónicas de Sánchez-Osorio resultaba lo mismo que si se hubiera vivido en el limbo. Ser o no ser parte del Cuic. Si en la foto salían todavía más morenos, era nada más porque habían pasado una larga temporada en “Aca” o porque venían de una croisière por las Antillas. ¡Cuántas señoras bien de los setenta, que también les daba mucha ilusión salir en estas secciones, reunieron todas estas planas del Novedades y El Heraldo en álbumes forrados en piel de cochino! Para las que era de verdad casi un “privilegio” aparecer en esas columnas era para las extranjeras que habían sabido relacionarse con el le tout México. Muchas iban a los cócteles de Marie Therese o de Viviana Corcuera, aunque no hubieran conocido a nadie. Se presentaban muy bien vestidas, con una libretita en la mano para anotar todos los apellidos de la gente conocida y así poder invitarlos a sus fiestas. Ahora que muchas de estas señoras ya viven en su respectivo País, y que ya son abuelas, cuando oyen criticar a México, luego, luego salen en su defensa y dicen:


- México es un paraíso. Allá todo es fácil. Todo el mundo es accesible. Los ricos son muy divertidos. Cuando yo vivía allá me divertí tanto. Cuando vayan no dejen de buscar a un personaje mexicano muy folklórico que se llama Nicolás Sánchez-Osorio, él conoce a todo el mundo y está invitado a todos lados. Gracias a él, mi marido yo conocimos a un México muy internacional… ¿Cuántas señoras bien mexicanas aún sienten la misma nostalgia por aquél México donde, efectivamente, todo el jet set se conocía y ellas se divertían como enanas?, como decían.

 
 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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