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escritor, etnólogo, poeta y musicólogo Miguel Barnet, creador
y Presidente de la Fundación Fernando Ortiz nos recibe rodeado
de sus perros en su fantástica casa en El Vedado, La Habana; en
plena celebración de los 40 años de la publicación
de Biografía de un Cimarrón .
“Soy un bicho raro. Mezcla de jicotea de agua y halcón. Vivo
en Cuba y nunca pensé vivir en otro lugar aunque le he dado la
vuelta al globo varias veces. No hay nada más estimulante que lo
difícil, vivir en contradicciones, eso me obliga a levantarme a
diario con nuevos bríos a veces desafiantes. No es fácil
vivir en una Revolución pero sí es muy excitante sobre todo
en un país como Cuba tan fértil y tan seductor.
Tengo mis manías y mis aficiones, colecciono pintura cubana contemporánea
y santitos de madera, de hueso, de cerámica, de yeso y hasta de
plástico. Tengo 16 santos mexicanos y por supuesto, algunas versiones
de la Santa Muerte.
Hace unos días hice una fiesta en mi casa en homenaje al personaje
de mi libro Biografía de un Cimarrón, que cumple 40 años
de ser publicado. Una fiesta diferente, un culto a los muertos pues no
sólo en México rinden devoción a ellos, también
en Cuba.
La ceremonia, un cajón de muerto, se le ofrecieron toques de cajón
con plegarias y cantos a los antepasados y en este caso muy particularmente
a Esteban Montejo, protagónico de mi obra Cimarrón.
Ofrecimos bebidas, dulces de todo tipo, los llamados dulces de estera,
por ejemplo, malarrabia, arroz con leche, natillas, boniatillo, capuchinos,
merengues y muchos otros. Al muerto se le ofrecen frutas que luego según
el oráculo de los cocos, se le llevan al mar donde vive Yamayá,
diosa de la maternidad universal y del mar. A esa ceremonia asistieron
más de cien personas y tuvo lugar en el patio de mi casa aunque
algún curioso metió el hocico y entró a las habitaciones
sagradas.
Tuve el gusto de recibir en mi casa a Daniel Liebsohn que no parpadeó
un minuto, azorado ante tan abigarrada parafernalia multicultural. Todavía
tengo sus ojos azules clavados en mi memoria de ese día.
Ahora quiero hablar de un tema trascendental en mi vida. Se trata de cuatro
mexicanitos que tengo en mi casa hace años, son ellos mis queridos
chihuahuas, el tesoro mayor que poseo porque son solidarios y dan su cariño
sin condiciones. No exigen nada que es el verdadero amor; dar sin esperar
de vuelta. Pero yo los premio por su elegancia, su discreción,
¡qué no habrán visto y escuchado ellos, sin embargo
nada de chismes, nada de enredos, nada de intrigas! Además, son
impúdicos y ese es su mayor lección, hacen el amor cuando
lo desean y ante cualquiera, bostezan, se estiran, gruñen sin pudor.
Ellos son libres de ataduras y de etiquetas; no creen en protocolo ni
en el qué dirán. Y cuando llego de un viaje sea largo o
corto, para ellos da igual me reciben con brincos y gemidos y con una
manera de mirarme que todavía, perdonen los mortales, no he visto
en nadie de mi especie. A Lord Byron atribuyen aquello de mientras más
conozco a los seres humanos más quiero a mi perro.
¡No tan calvo, qué va!, yo diría que porque quiero
a los seres humanos quiero también a mis perros. Sólo que
va veces..., bien, dejémoslo ahí.”
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