ue
delicia quedarse en el DF un domingo; vamos a ir a La Lagunilla! Es el
reino de los objetos, de sus historias y del encuentro entre un mundo
imaginario y el Sagrado humano en diseñar, crear, facilitar, contar
y re-contar la aventura humana en tasas, copas, mascaras, lámparas,
ceniceros… Todo se entrelaza sin malicia, sin agresividad, ofertando
al próximo dueño. El vendedor sirve únicamente de
transmisor, un lienzo invisible en la trayectoria del objeto. ¡Que
delicia!
La mezcla total no solamente es permitida, sino favorecida para que la
búsqueda sea total y que la coincidencia tome su definición
vital. ¡Vamonos en el camino caótico de la acumulación
para el encuentro divino!
Para empezar el paseo necesito vitaminas, para asegurar el ojo: “¡Un
jugo de naranja por favor!” Siempre el mismo, jugo puro. Normalmente
nunca compro jugo de la calle, pero aquí en La Lagunilla ¡estamos
en otro País! En un segundo, seguramente empieza la fantasía.
Primera decisión: ¿como empezar?... ¿Izquierda? ¿Derecha?
Este momento de indecisión es crucial. Nuestra intuición
va dictar todo... Dando una gran respiración para aspirar lo que
queda del pasado, el polvo fino de los años, un trazo de perfume
imperceptible que nos gusta, algo indecible que nos lleva a la magia,
tomo la decisión irreversible.
El desafió inmenso es de reconocer el símbolo, el signo,
el indispensable, la piedra que completa nuestro edificio en todo este
bric a brac. ¿Aquí, en este stand…, o mas allá…?
Buscamos, sin limitación, sin prejuicio. ¿A qué vamos
a dar una nueva historia? ¿A un espejo, a una jarra, a una bolsa,
a una mesa? ¡Hoy es el día! Escondido por un falso Botero,
detrás de una pantalla abollada, debajo de una pila de cucharas
oxidadas, la maravilla me mira un poquito asustada. ¡Mi maravilla!
El corazón toca más fuerte. “¿Qué vas
a hacer con esto Cheriquita?” Me pregunta Nicolás. “Es
para Cuernavaca.” “¡Que maravilla, Extra-Ordinario!”
… El placer del descubrimiento es compartirlo.
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