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encontramos un arquetipo mexicano que sea tan popularmente recordado y
tan vastamente descrito por la historiografía mexicana como las
chinas pobladas: mujeres cuya presencia física y apogeo se dio
entre los años de 1840 y 1855, en medio de la plenitud de los gobiernos
criollos.
Estas mujeres, tan mestizas como su morena piel, urbanas y citadinas,
como viajeros, novelistas e historiadores decimonónicos nos han
descrito, han sido también rescatadas por el desatado nacionalismo
mexicano del siglo en que la patria vitoreó su reciente emancipación.
Identificables por su peculiar ataviar, éste ha distraído
con eficacia el holgado comportamiento de las chinas poblanas cuya moral,
despegada de las costumbres impuestas, les permitió en su tiempo
abstenerse de un marido y resolver sus placeres sin ninguna mala conciencia
y, a decir del mismísimo Manuel Payno y del propio Guillermo Prieto,
“vivir sus amores con mucha libertad y hacer que los hombres perdieran
la posibilidad de toda salvación.”
Símbolo de identidad que, según los dictados oficiales más
nacionalistas representa las gracias y virtudes de la mujer mexicana,
no sólo por su aire seductor, también por sus llamativas
prendas, estas mujeres solían vestir desde los quince años,
al percatarse del valor de sus atractivos, el colorido traje típico
hoy, tan lleno de gracia y sal. Decorando su cuerpo seductor, primero
con una enagua interior, con encajes bordados en las puntas que se llamaban
“puntas enchiladas”. Sobre ella, otra enagua pero de castor
(lana tan suave como la de este animal), o de seda, recamada de listones
o de lentejuelas. Una camisa fina también bordada, hecha de encaje
o seda también. En los colores de su traje iban los más
vivos tonos, que casi siempre recurrían al verde, blanco y rojo
y bailaban los sones y jarabes con la misma gracilidad con que hacían
sus enaguas girar.
Siempre lindas y frescas, salidas del pueblo y de tipo predilecto, eran
la afortunada antítesis de las mexicanas delicadas, lánguidas
y románticas: las chinas no padecían jaquecas, convulsiones
de nervios o desmayos, ni eran aquejadas por enfermedades morales ni de
conveniencia.
Este bello ejemplo perteneciente a la colección de indumentaria
del Museo Soumaya ostenta el águila del escudo nacional, con las
alas caídas probablemente elaborado en un momento en que el liberalismo
sucumbió ante un gobierno más conservador, cumple con los
bordados en la blusa y la innumerables lentejuelas de plata, fijadas en
la enagua de castor. Ricamente aderezado con los colores patrios, sus
bordados y el colorido de las flores y la brillantez de las planchitas
de metal, nos recuerda que las chinas tomaron su nombre de la leyenda
de una oriental traída a la Nueva España en el siglo XVII,
llamada Mirra, quien casó en Puebla, donde fue bautizada con el
nombre de Catarina de San Juan.
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