Mujeres coloridas

 

Por: Daniel Liebsohn Fotos: Jorge Ávila

 
Manuel Payno, Los bandidos de Río Frío, México, Porrúa, 1994.
Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos,1828-1840, México, Porrúa, 1985, p.127.

ifícilmente encontramos un arquetipo mexicano que sea tan popularmente recordado y tan vastamente descrito por la historiografía mexicana como las chinas pobladas: mujeres cuya presencia física y apogeo se dio entre los años de 1840 y 1855, en medio de la plenitud de los gobiernos criollos.
Estas mujeres, tan mestizas como su morena piel, urbanas y citadinas, como viajeros, novelistas e historiadores decimonónicos nos han descrito, han sido también rescatadas por el desatado nacionalismo mexicano del siglo en que la patria vitoreó su reciente emancipación.
Identificables por su peculiar ataviar, éste ha distraído con eficacia el holgado comportamiento de las chinas poblanas cuya moral, despegada de las costumbres impuestas, les permitió en su tiempo abstenerse de un marido y resolver sus placeres sin ninguna mala conciencia y, a decir del mismísimo Manuel Payno y del propio Guillermo Prieto, “vivir sus amores con mucha libertad y hacer que los hombres perdieran la posibilidad de toda salvación.”
Símbolo de identidad que, según los dictados oficiales más nacionalistas representa las gracias y virtudes de la mujer mexicana, no sólo por su aire seductor, también por sus llamativas prendas, estas mujeres solían vestir desde los quince años, al percatarse del valor de sus atractivos, el colorido traje típico hoy, tan lleno de gracia y sal. Decorando su cuerpo seductor, primero con una enagua interior, con encajes bordados en las puntas que se llamaban “puntas enchiladas”. Sobre ella, otra enagua pero de castor (lana tan suave como la de este animal), o de seda, recamada de listones o de lentejuelas. Una camisa fina también bordada, hecha de encaje o seda también. En los colores de su traje iban los más vivos tonos, que casi siempre recurrían al verde, blanco y rojo y bailaban los sones y jarabes con la misma gracilidad con que hacían sus enaguas girar.
Siempre lindas y frescas, salidas del pueblo y de tipo predilecto, eran la afortunada antítesis de las mexicanas delicadas, lánguidas y románticas: las chinas no padecían jaquecas, convulsiones de nervios o desmayos, ni eran aquejadas por enfermedades morales ni de conveniencia.
Este bello ejemplo perteneciente a la colección de indumentaria del Museo Soumaya ostenta el águila del escudo nacional, con las alas caídas probablemente elaborado en un momento en que el liberalismo sucumbió ante un gobierno más conservador, cumple con los bordados en la blusa y la innumerables lentejuelas de plata, fijadas en la enagua de castor. Ricamente aderezado con los colores patrios, sus bordados y el colorido de las flores y la brillantez de las planchitas de metal, nos recuerda que las chinas tomaron su nombre de la leyenda de una oriental traída a la Nueva España en el siglo XVII, llamada Mirra, quien casó en Puebla, donde fue bautizada con el nombre de Catarina de San Juan.

 




 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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