Diego Solórzano

 

Por: Por Andrea del Corral Fotos: Jorge Ávila

 

iego Solórzano no perdió tiempo en montar su elegante yegua retinta de cuatro años. ¡Botas del mejor zapatero argentino, pulidas como un coche de colección, rodilleras de cuero, el mazo en la mano derecha y la fusta en la izquierda y “hop” de un salto en la silla de Afrodita!
Le encanta a la yegua el juego nervioso del polo. Elegante, fina y poderosa, brava, sin dudas cambia de pie, gira, para, gira de nuevo para lanzarse tras la pelota con todo el poder de sus músculos. No hay falla de comunicación entre ella y Diego. Diego la compró al Hipódromo, el lugar ideal para comprar caballos de calidad durante las selecciones. ¡Diego pertenece a una familia de polistas muy aficionados y probablemente montó a caballo antes de caminar! Con su número 3 (el organizador), Diego vuela a través del campo de polo, coordinando la estrategia posible del equipo. “El Príncipe Carlos de Inglaterra es número 4, Juega como defensa” me explicó Diego que, como dueño respetuoso de caballos tiene mucha paciencia, y trató de explicarme el juego:
“El equipo es de cuatro personas y cambiamos de caballo cada siete minutos, porque somos muy exigentes con las monturas. (...) Nuestro equipo va a muchos torneos cuando el trabajo lo permite. Paso todas las vacaciones jugando, aquí en Tecamac, en Careyes para la copa en la Navidad y en la Pascua.” (...) “Claro que vamos a prepararnos para el Mundial de Noviembre 2007. Farouk Yunes el presidente de la Federación Internacional de Polo vino a México para verificar las instalaciones mexicanas. La organización de los juegos no está totalmente decidida. Tenemos casi año y medio para finalizar todo. Pero, lo seguro es que México va a tener un equipo y quizás...” Nuestro seleccionador Carlos Gracida nos observa a todos nosotros para incluir a los mejores.”
El último podium del equipo Mexicano fue en Suiza hace diez años. El entusiasmo de Diego es total. Viene a montar cada vez que es posible en el campo de Tecamac, donde están sus caballos. Los 25 socios tienen casas escondidas por el enorme parque de Tecamac, parque plantado de árboles ya casi centenarios. Así, los socios pueden disfrutar de los caballos todo el fin de semana sin regresar a la ciudad.
“No Diego, no me propongas montar, por favor... No!” Nuestro caballero nos dejó a Afrodita y desapareció para cambiarse. “¿Que hago?” ... ¡Ouf! su mozo de cuadra vino a rescatarnos, y Diego con una divertida sonrisa, reapareció con su traje de asesor de arte. Desafortunadamente, todos nosotros necesitamos trabajar!

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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