Gatos franceses

 

Por: Guadalupe Loaeza

 

ada vez que salgo del elevador del hotel me topo con él. Por lo general está muy bien instalado sobre una pequeña silla que le ponen especialmente para él a un lado del ascensor. A veces está durmiendo y otras, me lo encuentro con sus ojos color ámbar muy abiertos, como si estuviera haciendo tiempo para acudir a una cita muy importante. Lo que me llama más la atención es su expresión. Más que de gato, parece la de una persona pensante. "Aquí los gatos tienen cara de gente; se diría o que están recordando algún episodio de su pasado o que están reflexionando. Muchos parecen licenciados; historiadores o matemáticos", me dije ayer en tanto me dirigía hacia mi habitación.
En efecto, me he fijado que los gatos franceses son muy distintos a los mexicanos. Los primeros me parecen como si ya hubieran vivido muchas vidas anteriores. No obstante están muy consentidos por sus amos, quienes los alimentan con comida de primera y todo el día los apapachan más que a sus propios hijos, su mirada, demasiado adulta para mi gusto, denota vivencias difíciles: guerras, hambre, aventuras dolorosas, injusticias, decepciones y hasta detenciones en la cárcel.
En cambio, la mirada de los segundos, la encuentro juguetona, vital, alerta y pillina. Tengo la impresión que toman la vida con mucho más ligereza; como que todo se les resbala. Seguramente se debe a que son más libres puesto que más que mascotas que viven en casas particulares, habitan en los sótanos; en los basureros; en los árboles de los parques y en las coladeras. Nunca pasan hambre ya que a su derredor tienen ratones de sobra, incluyendo esas ratotas que suelen deambular por las calles del Centro Histórico y que seguido son más grandes que ellos. ¿Cuál de las dos nacionalidades será la más aventurera? Me temo que la mexicana. Tengo la impresión que las gatas y los gatos de mi país tienen el corazón como un multifamiliar gigantesco. Han de tener un amor en cada colonia (¿cómo se vería una gata con cuernos?) Los de aquí me parecen muy serios, pero más misteriosos. Por ejemplo, el felino del hotel tiene una serenidad que me intriga; encuentro su personalidad particularmente enigmática. Incluso cuando se restira lo hace de una forma misteriosa, como si se cuidara de miradas extrañas. No obstante su enorme tamaño y su pelusa rojiza hace todo por pasar desapercibido. De allí que siempre esté hecho bolita en su silla observando pasar a todos los huéspedes del quinto piso. Tal vez "Nekko" (gato en japonés) sea la reencarnación de un detective que vivió en el siglo pasado y que adoraba a los gatos.
Todo el mundo sabe que los franceses son unos enamorados incondicionales de los gatos. Escritores como: Chateaubriand, Maupassant, Flaubert, Dumas, Víctor Hugo, Baudelaire, Colette y Malraux le escribieron poemas y cuentos a sus gatos. (El compositor Domenico Scarlatti (1675-1757) le dedicó a la princesa de Asturias la "Fuga del Gato". La llamó así porque decía el compositor que la resonancia de las notas del clavecín parecían provocadas por las patas paseadoras de un gatito). Basta con ver la televisión francesa para ver la cantidad de publicidad de comida para gatos que anuncian. (Es tan buena y tan barata; de 8.00 a 3.00 francos, que según unas estadísticas muchos desempleados o gente pobre la consume por sus proteínas). Pero donde sin duda cuentan con un verdadero santuario es en las porterías de los viejos edificios de París. Una "concierge" que se precie de ser una perfecta portera siempre tendrá de dos a tres gatos en su pequeño departamento. Su convivencia es tan intensa que generalmente acaban pareciéndose entre sí: la portera termina por tener los mismos bigotes sedosos y finos que su "adorable chat" y este último, acaba por adoptar la misma mirada penetrante de su ama. Todo lo hacen juntos: ven la televisión (cuando ganaron los Blues, lo abrazaron, lo besaron y para festejar hasta le dieron champagne); escuchan el radio; duermen en la misma cama y comen del mismo plato; barren la entrada del inmueble; se ocupan del correo y proporcionan cualquier tipo de información, sobre todo aquella que tiene que ver con la vida de los inquilinos. También en Inglaterra quieren mucho a los gatos. No en balde en 1887 se fundó en National Cat Club que comprende varios clubs (The Silver and Smoke Persian; Cat Society; Black and White Club; The Blue Persian Cat Society, The Chinchilla Cat Club). En Londres, en el barrio de Westminster, existe un restaurant especial para gatos. Es tan solicitado que se debe de hacer reservación; los gatos pensionados son reconocidos por sus collares. Las presidiarias inglesas tienen derecho de conservar en la cárcel un gato. Se ha constatado que la presencia de este animal hace de las reclusas personas más afables y afectuosas. De alguna manera las tranquiliza y les ayuda a examinar mejor su conciencia.
Dicen que los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Esto lo pudo comprobar el Padre Huc, misionero francés que vivió muchos años en Pekín y que estuvo en contacto con los naturistas. "Nos enseñaron que entre más se acerca el mediodía, más se empequeñece la 'niña' de su pupila. Cuando son exactamente las 12, está tan delgada que parece un cabello extremadamente fino trazado perpendicularmente en el ojo, después de las 12 empieza de nuevo la dilatación. Una vez que examinamos con atención todos los gatos, concluimos que era más tarde que el mediodía: todos los ojos estaban perfectamente de acuerdo".
También se dice que los gatos conocen el subconsciente. Que los gatos anuncian los temblores. Que los gatos sienten cuando va a suceder una desgracia en la casa en la que viven. Que sienten cuando va a haber guerras. En Egipto los gatos eran considerados casi, casi como seres divinos. Según Herodoto, cuando se moría un gato en una casa egipcia, todos sus habitantes se rasuraban las cejas como signo de duelo; después lo embalsamaban, lo ponían en una pequeña caja en cuya tapa reproducían la imagen del gato ya sea en bronce o en madera pintada. Después le colocaban un par de ojos ya sea en esmalte o en oro.
A pesar de sus otras posibles vidas tormentosas que pudieron haber tenido en el pasado, algo me dice que los gatos franceses son los felinos más felices del mundo. Contrariamente a sus amos, ellos sí vinieron al mundo de vacaciones. Comen y duermen rico. Les hablan como si fueran humanos; les piden su opinión; les cantan; los respetan; los admiran y los pasean. Mañana que me encuentre a Nekko saliendo del elevador, lo voy a saludar: "Bonjour monsieur le Chat". A lo mejor hasta lo invito a mi habitación para mirarlo derechito a los ojos y saber qué horas son. Quizá hasta termine contándole mis secretos. Estoy segura que es de una discreción ejemplar…

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

Suscripción en línea

 
Suscríbase | Contenido | Regresar al Inicio
 
Contacto
Envíenos sus Comentarios