abía
una vez un pintor aburrido de restaurar una pintura de una antepasada
bien fea. Al finalizar el día, miraba por la ventana y de una vez
repintó la cara de la aristócrata con la de una perra exquisita
y muy femenina. Así empezó la carrera de Thierry Poncelet,
pintor Belga con fama de Nueva York a Milán, retocando cuadros
para darles una segunda vida, vida de perro, vida de dueño. El
juego es infinito porque lo que le encanta mas es la psicología:
Thierry Poncelet se ríe cariñosamente de las posturas, de
las carreras, de los ambientes, de los pintores mismos con sus famosos
cuadros. Los perros no son dioses imponentes como en Egipto, son figuras
accesibles con sus travesuras humanas, pero siempre embajadores del Chic.
La adecuación entre el cuerpo y la cara de perro nos da este desfase
tan divertido. Después de su trabajo de restauración de
un retrato comprado en un mercado de pulga, la magia viene cuando empieza
la metamorfosis de la cara y que pincelada a pincelada desaparece el antepasado
y aparece el perro. Muchos pintores utilizaron la relación entre
un dueño y su perro, Goya hizo retratos de mujeres con sus perros
y antes Carlos V primer retrato de Titien fue con su perro como lo pidio
el emperador. Thierry Poncelet pertenece a la línea de los pintores
que quería mezclar los dos para nuestra felicidad. Cada artista
utilizando esta estratagema nos muestra una crítica de la sociedad,
Hyeronimus Bosch con los animales fantásticos, Teniers con los
monos… La sátira que nos propone Thierry Poncelet es de una
justeza total pero siempre delicada y ligera.
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