Damien hirst

La muerte de Dios

Por: Edouard Labouret

 

 

amien Hirst nos propone una frase espejo, un exposición que va atrás de las palabras y de la representación. No es una coincidencia si el eligió México para un tema tan universal tan íntimo, tan potente. Nuestro país le impactó desde la primera vez que estuvo aquí, hace siete años, un país que va a lo esencial, que da colores brutos, luz abierta en la alquimia de un ser humano.
Si hay muerte, hay investigación, y Damien Hirst es el único testigo. Todo empezó en los años 1490 cuando, Hieronymus Bosch, pintó “La Nef des Fous” un barco donde embarcaban a fuerza a los locos de un pueblo, sin tener el derecho de desembarcar jamás... Una pintura espejo donde Bosch demuestra que los locos son los que han instituido esa regla. ¿Y además, a partir de que punto alguien puede ser considerado loco? Nuestros puntos de referencia están enredados en frente de la Nef des Fous. Hay locos, hay enfermos, hay gente normal que son locos, locos que se comportan como gente normal cometiendo todos los pecados mortales ... una infinidad de posibilidades.
En 1728, Chardin hizo un naturaleza muerta, “La Raya” donde una raya yace descuartizada sobre una mesa de cocina en donde reposan otros pescados, frutas, utensilios, incluyendo el cuchillo del sacrificio. El cuadro está revuelto por un gato amenazante; Estamos en el siglo de las luces, Dios existe, pero la raya está sacrificada por el pintor. Su sufrimiento es casi estético (Diderot y Proust se han extasiado por la carne sanguinolenta de la raya). Otra pintura espejo, la reconciliación con el cristianismo pasa por la desacralización de la pasión. En su tiempo, Rembrandt no dudó en pintar “Le boeuf écorché” una pintura insoportable, quizás un estudio de la carne, de la humanidad de un cuerpo sacrificado.
Hoy en la Galería de Hilario Galguera, Damien Hirst nos propulsa dentro de la brutalidad de nuestro pensamiento sin darnos ninguna escapatoria: el hombre es mortal (el reloj del cuadro es inevitable), mató al Cristo de una manera insostenible, y para que la muerte sea total, el artista encarcela al Santo Espíritu. Aquí estamos mas allá de un sacrificio estético, de una visión Deísta. Es una cuestión de vida o Muerte. ¿Si Dios no puede morir, de quien se trata? La obra espejo de Damian Hirst nos ofrece una infinidad de respuestas posibles, porque el asunto es íntimo y universal. La obra nos molesta porque llama la atención del instinto primario y ya no de la conciencia humana.

 

 

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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