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o hace mucho leí un artículo en el semanario L'Express,
en el cual se aseguraba que hacer el amor tres, sí, tres veces
por semana, prolongaba la esperanza de vida en promedio diez años.
Sí, una decena de años. Los más recientes estudios
científicos acerca del amor sexual han demostrado que las relaciones
afectivas no nada más constituyen una enorme satisfacción
personal, sino también un recurso inmejorable contra la enfermedad.
Es bien sabido que el stress causa fuertes daños a la salud: aumento
de la presión arterial, trastornos gastrointestinales, dolor de
cabeza, insomnio, irritación, angustia, tensiones, etcétera.
Si el stress debilita el organismo, el amor, provoca todo lo contrario,
consolida y prolonga la existencia. Según un estudio publicado
en el año 2005 por el British Medical Journal, quienes hacen gala
de tener una "vida erótica" satisfactoria, padecen menos
frecuentemente de diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
El sexo, como las caminatas que algunas personas realizan por las mañanas,
es un deporte que previene la acumulación de grasas en el organismo
y la eliminación de toxinas. Hacer el amor, por lo menos, tres
veces por semana, prolonga la esperanza de vida en un promedio de diez
años, afirma el doctor David Weeks, investigador del Royal Hospital
de Edimburgo en Escocia. El especialista llegó a esta conclusión
después de haber investigado hasta el cansancio la historia médica
de 3 mil 500 personas entre 18 y 102 años. Para aquellas esposas
que acostumbran decir ay, mi amor, esta noche no, porque me duele la cabeza,
habría que recordarles que un buen orgasmo tiene el efecto de dos
cafiaspirinas, ya que durante el coito, el cerebro produce abundantes
endorfinas que provocan una muy agradable relajación y analgesia.
Pero el investigador del Instituto de Hamburgo, el doctor Werner Habermehl
va todavía más lejos; según él, entre más
hagamos el amor, más inteligentes nos volvemos. Esto hace sentido,
ya que el aumento de adrenalina y de cortisol, estimula la materia gris.
Daniel Siegel, profesor y siquiatra de la Universidad de California ha
demostrado cómo las experiencias afectuosas tienen una influencia
sobre las emociones, el desarrollo y la maduración del sistema
nervioso. El cerebro es un órgano, digamos, social cuyo desarrollo
está determinado tanto por la genética como por las interacciones
sociales. El espíritu no se constituye solo, se constituye gracias
a las experiencias del mundo exterior y gracias a las relaciones con los
demás. La conciencia de sí no es algo innato, tampoco es
el resultado de un supuesto proceso interno del cerebro, esta conciencia
tiene que ver con una retroalimentación generada por el entorno.
El sexo, pero también las relaciones íntimas que tenemos
con nuestros afectos (padres, hermanos, hijos y amigos íntimos)
tienen una influencia enorme en el buen funcionamiento de nuestros órganos,
lo cual nos protege de las enfermedades. Las parejas no nada más
intercambian caricias e ideas, sino también microorganismos, mismos
que estimulan el sistema inmune. Lo que resulta evidente en relación
a los microbios lo es también respecto a los sentimientos. Al pegarse
éstos, los cuales por lo general resultan buenos y positivos, no
harán más que aliviarnos de nuestros males. En otras palabras
¡¡¡hagamos el amor!!! y vivamos muchos años en
plena salud.
Pero además de todos estos beneficios físicos que nos provoca
el amor, el amor también es bueno porque nos hace ser mejores seres
humanos. Nos hace más seguros, nos valoriza, en suma, nos hace
bien por el bien de todos. El amor nos hace más creativos y nos
permite reaccionar más rápido e inteligentemente. El amor
nos hace más generosos, más tiernos y más vitales.
Quien dice lo mismo pero mucho más bonito, es el sicoanalista John
Welwood: Una relación consciente puede ser un vehículo para
regenerar el alma en nuestra cultura, para redescubrir la comunidad y
lo sagrado en la vida cotidiana. Hablar con la verdad y escuchar al otro
con respeto, ése es el principio del verdadero diálogo,
esto es justamente lo que más necesita el mundo a nivel colectivo.
Es decir, que el amor y el deseo juntos son igual a la felicidad suprema.
Octavio Paz, escribió en su libro La llama doble, amor y erotismo:
No es extraña la confusión: sexo, erotismo y amor son aspectos
del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida. El
más antiguo de los tres, el más amplio y básico,
es el sexo. Es la fuente primordial. El erotismo y el amor son formas
derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones
y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas
veces, incognoscible. Como en el caso de los círculos concéntricos,
el sexo es el centro y el pivote de esta geometría pasional...
incluso en tiempos de crisis.
Con todo respeto, finalmente, les deseo para este nuevo año que
comienza un compromiso basado en la amistad y en la sexualidad. Un compromiso
basado en la generosidad, y en una amistad entre iguales. Una amistad
creada en la confianza y en ternura. No hay que olvidar, que la ternura
es acogedora, protectora, risueña. No hay que olvidar, que la intimidad
provoca ternura cuando desvela por debajo de las máscaras vestidas
para protegerse de los extraños el rostro verdadero y vulnerable.
Y no hay que olvidar que la ternura produce una deliciosa regresión
infantil sin dejar de ser adultos. ¿Se acuerda de la madelaine
de Proust? Cuando le doy esa mordida a mi madelaine imaginaria, de inmediato
evoco a mi madre recomendándome rezar por ese compañero
que un día se convertiría en mi marido. Gracias a estas
oraciones y gracias a él, pude escribirles sobre el amor en esta
ocasión.
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