| iombo
significa en japonés, protección contra el viento: Byó-bu.
Su creación se remonta desde el siglo IX de nuestra era y de ser
una mampara plegable compuesta de bastidores articulados, en donde se
plasmaban escenas íntimas y cotidianas, ha llegado a ser un objeto
utilitario en el Japón transformado a la vez en obra de arte.
Existen biombos pequeños y hasta de juguete para niños.
Y otros para dividir las habitaciones. Se hacían de papel de arroz
en un bastidor y en maderas finas con lienzos en donde los artistas pintaban
sus consideraciones estéticas. El biombo creó estilo expresivo.
Una forma de mostrar elegancia, sensualidad y dominio. Ahí se dejaban
paisajes entre la naturaleza. Se encontraban en templos y palacios. Y
en ocasiones mostraban la riqueza y poderío de las familias. Como
este Cromandel los biombos muestran frente y vuelta. En dorados y en policromías.
Con signos en metales y con conchas trabajadas.
Los períodos Muromachi y Edo y el llamado Ukiyoé contribuyeron,
por su calidad excepcional, a la fama de los biombos en todas las capitales
importantes de Europa. Y España los llevó a México,
gracias a la famosa Nao de la China que, desde Manila y vía Acapulco,
traía a la capital de la Nueva España las riquezas orientales.
Los temas que los artistas escogían para sus desarrollos pictóricos
en el biombo eran los históricos, los alegóricos, los heráldicos
y los meramente decorativos. Re-presentaciones de la realidad.
El muy bello biombo de doce hojas y de doble vista que motiva esta reseña,
propiedad de un coleccionista mexicano, fue realizado, con toda probabilidad
a fines del siglo XIX. Estos biombos se encargaban para las familias nobles.
En su pintura –incluido el oro- en las hojas laqueadas de negro,
se ven escenas de personajes en estancias de placer. Lúdicas presencias,
testimonio de la grandeza de artistas que, si bien anónimos hicieron
renacer la idea idílica que se tenía de Japón. El
biombo que nos ocupa constituye una pieza de primer orden del arte oriental.
El lado policromo ofrece en la cenefa de arriba, los símbolos e
imágenes de la casa: tiborcitos, tazas, platos, copas, jarroncitos,
muñecos, plantas, cajitas, objetos de porcelana y orfebrería.
En la parte de abajo y enmarcadas en cuadrados el artista dejo ramilletes
de flores típicas de Kioto y de Tokio.
En medio se plasmó una exuberante vegetación con aves niponas
que revolotean en verdes esmeralda, rosas y blancos: un verdadero estado
del alma.
El lado del biombo que ofrece el décor en dorados plasma arriba
las variantes del abanico: los que se utilizaban en interiores o en fiestas.
En el templo o en los días de guardar.
En la parte media se observan esas estancias de placer, de gozo y melancolía
a las que eran afectos los artistas del Mikado. Se ven geishas y sacerdotes
budistas entre jardines y pagodas. Una serie de presencias que evocan
y hablan del Japón misterioso y nostálgico. Este biombo
rememora la antaña y peculiar cultura japonesa en su máximo
esplendor artístico.
En la cenefa inferior se reiteran los objetos de uso doméstico
ya vistos en la otra cara pero ahora colocados en la parte de abajo. Toda
una serie de maravillas para que el espectador jamás olvide cuáles
eran las características de la vida cotidiana del pueblo del sol
naciente. En verdad una maravilla de Biombo.
|