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un niño de Valle de Santiago, Guanajuato, que estudiaba la primaria
en Pátzcuaro durante el primer lustro del siglo XX. Una vez, por
alguna razón, se quedó en la escuela horas después
de terminadas las clases. Al disponerse a volver a casa, ya ido el crepúsculo
sobre el lago se encontró a un eclesiástico vestido como
ala de cuervo, con manteo y sombrero muy ancho, quien le preguntó:
“Amiguito, ¿qué tan valiente es usted?” “¿Por
qué, señor?, le contestó, “Porque quiero que
me acompañe a rezar un rosario a la capilla.”
“Como no señor.” Acto seguido se encaminaron al recinto,
el caballero abrió las puertas y llegaron cerca del altar. Atanasio
trató de encender algunas velas, pero el indescifrable sujeto se
lo impidió. “Así está bien”, le susurró.
A oscuras recitaron los misterios dolorosos que reverberaron en la colegiata
como corales de Bach. Al salir, el peregrino de negro jaló y clausuró
el portón detrás de sí. “Eso es todo, amiguito,
muchas gracias. Ahora usted se va para allá y yo por acá,
dijo sin zozobra el mágico aparecido, señalando rumbos opuestos.
“Adiós, señor ”, se despidió el niño.
A los suyos explicó que había llegado tarde porqué
rezó un rosario con el Canónigo Maldonado, según
creyó. Al día siguiente en el colegio, el vicerector se
dirigió a su alumno con una suave sonrisa: “Con que andas
rezando el rosario con los muertos, Atanasio…” El niño
quedó mudo y helado, sin saber que decir ni qué pensar al
enterarse que el susodicho penitenciario tenía varios años
de estar en Huetamo… Mucho tiempo después Atanasio sabría
que su nombre significa “el inmortal” y se hacía muchas
conjeturas.
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