Atanasio

A la gratificante memoria de mi padre

Por Francisco Javier Campos

 

ra un niño de Valle de Santiago, Guanajuato, que estudiaba la primaria en Pátzcuaro durante el primer lustro del siglo XX. Una vez, por alguna razón, se quedó en la escuela horas después de terminadas las clases. Al disponerse a volver a casa, ya ido el crepúsculo sobre el lago se encontró a un eclesiástico vestido como ala de cuervo, con manteo y sombrero muy ancho, quien le preguntó:

“Amiguito, ¿qué tan valiente es usted?” “¿Por qué, señor?, le contestó, “Porque quiero que me acompañe a rezar un rosario a la capilla.”

“Como no señor.” Acto seguido se encaminaron al recinto, el caballero abrió las puertas y llegaron cerca del altar. Atanasio trató de encender algunas velas, pero el indescifrable sujeto se lo impidió. “Así está bien”, le susurró. A oscuras recitaron los misterios dolorosos que reverberaron en la colegiata como corales de Bach. Al salir, el peregrino de negro jaló y clausuró el portón detrás de sí. “Eso es todo, amiguito, muchas gracias. Ahora usted se va para allá y yo por acá, dijo sin zozobra el mágico aparecido, señalando rumbos opuestos. “Adiós, señor ”, se despidió el niño. A los suyos explicó que había llegado tarde porqué rezó un rosario con el Canónigo Maldonado, según creyó. Al día siguiente en el colegio, el vicerector se dirigió a su alumno con una suave sonrisa: “Con que andas rezando el rosario con los muertos, Atanasio…” El niño quedó mudo y helado, sin saber que decir ni qué pensar al enterarse que el susodicho penitenciario tenía varios años de estar en Huetamo… Mucho tiempo después Atanasio sabría que su nombre significa “el inmortal” y se hacía muchas conjeturas.

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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