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difícil concebir el trabajo que lleva a la obra de un artista a
nuestro conocimiento. Las pinturas que cuelgan en los museos guardan varias
historias que añaden a su misterio contemplativo. A principios
del siglo XX el marqués de la Vega Inclán, un defensor de
las causas culturales, descubrió que una cantidad considerable
de la obra del Greco existente en Toledo se encontraba en condiciones
deplorables. Motivado por la calidad histórica de los cuadros de
este pintor cretense, decidió buscar un espacio digno donde pudieran
conservarse para el aprovechamiento de sus coetáneos y de las generaciones
por venir. Anunciando sus propósitos a las autoridades reales se
dió a la tarea de remozar en una judería toledana sobre
las ruinas de Villena y los cimientos de un palacio renacentista —cuyo
estado no dejó lugar más que a su destrucción—
un conjunto de edificios que se denominarían a la postre Casa Museo
del Greco. Para reunir la colección debió reclamar de la
decadente iglesia de Santiago 20 lienzos propiedad del estado que habían
ido a parar a un asilo provisional. Cuando la obra llegó a su nueva
morada el museo estaba tan deteriorado que no se podía abrir al
público por temor a que se desplomase, además de que la
obra misma estaba muy dañada y no dejaba lucir la magia del pintor
barroco. La Junta Nacional de Iconografía restauró cuatro
de las pinturas dañadas; el resto de la renovación la patrocinó
el marqués de la Vega Inclán quien entregó la casa
museo al estado en 1910. En 1911 se conformó un Patronato integrado
por Joaquín Sorolla entre otras personalidades y se abrió
al público. Para 1921 se realizaron algunas obras de ampliación
integrándose una colección de pintores de las escuelas españolas
del siglo XVII.
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