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de su ubicación geográfica, enclavado entre Meso y Aridoamérica,
Querétaro guarda en su haber una herencia culinaria formidable.
Siempre ha sido un cruce de caminos, o “garganta de tierra adentro”
como se le ha llegado a llamar. Desde la época prehispánica
esta región fue un punto de convergencia entre grupos humanos con
tradiciones distintas que se retroalimentaron culturalmente en aspectos
fundamentales como la lengua, el comercio y la religión.
Hoy en día el estado se encuentra dividido en
regiones que facilitan el estudio de cada asentamiento humano. En el norte
del estado se conoce a los serranos, un pueblo sedentario de hábiles
agricultores y mineros. Los avances en la investigación arqueológica
han permitido descubrir el origen de sus platillos ya que los enterraban.
Hoy se sabe que consumían roedores, aves y peces además
del maíz, el frijol, la calabaza y el chile, alimentos muy comunes
en la dieta mesoamericana. Un detalle peculiar de este grupo es que domesticaban
perros, guajolotes y patos alimentándolos con granos como el piñón
lo que les confiere un sabor excepcional.
Los chichimecas, un pueblo aguerrido y nómada
ambulaba por doquier basando su dieta en la caza y la recolección.
De este grupo indígena heredamos la barbacoa, ya que por practicidad
guisaban el venado o las aves en un hoyo cavado al ras de la tierra dándole
con esta técnica un sabor muy especial a la carne. El pueblo otomí
aportó la utilización del maguey que procesaban para crear
pulque entre muchas otras aplicaciones, pues también lo usaban
para la vivienda, el vestido y hasta las armas. El riquísimo pan
de pulque cuya preparación lleva azúcar, harina, leche,
huevo, canela y manteca se originó del ingenió de este pueblo.
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