La gastronomía de

Federico el Grande

Por Francisco Javier Campos

 
La mesa redonda de 1750, de Adolf Menzel.
 

os médicos de Federico el Grande tenían en contra la afición del rey a las comidas fuertes y muy condimentadas. Uno de estos galenos, Zimmerman, dio cuenta del devorador apetito de su paciente diciendo cómo le angustiaba ver que el rey, inmediatamente después de tomar un fármaco, anulaba el efecto benéfico al ingerir merengues con nata, fresas o melones. Desde luego, al presentar molestias, echaba la culpa al medicamento… Mirabeau, asimismo, escribió a París contando las casi increíbles trasgresiones dietéticas del monarca. Para compensar sus excesos, Federico intentaba siempre curarse de motu propio con un polvo a base de ruibarbo, cremor tártaro, salitre y ojos de cangrejo.
Federico el Grande mostraba predilección por la fruta y comía muchas cerezas, melocotones y uvas moscatel. Su bebida preferida era el champaña Oeil de Perdrix (ojo de perdiz) así como el vino de Hungría y también el Bergerac y el vino del Mosela, que bebía mezclado con agua; se abstenía del vino del Rhin porque según él había agravado la gota de su padre. Además tomaba por las mañanas hasta siete y ocho tazas de café muy cargado, a veces agregado de mostaza; antes de ello bebía frecuentemente varios vasos de agua pura o mezclada con agua de hinojo.
Zimmerman refirió horrorizado cómo empeoró su paciente al consumir un caldo muy condimentado en el cual mezcló una cucharada grande de cortezas machacadas de nuez moscada y jengibre. A esto siguió la carne a la rusa, un trozo de rabo de res que había sido cocido con cebollas y un cuartillo de aguardiente y luego una polenta preparada con queso parmesano, pimienta y ajo; para terminar, un pastel de anguila fuertemente condimentado. De todos estos platos comió el rey grandes cantidades un mes y medio antes de su muerte. Igualmente, doce días antes de morir se hizo servir el siguiente menú: sopa de coles a la Fouqué, res con zanahorias, chuletas al papel, empanadas a la romana, salmón a la Dessau, ave a la Pompadour con lengua de res y croquetas, pastas portuguesas, guisantes, arenques frescos y pepinillos en vinagre.
La pasión que sentía el rey por la comida y el interés que mostraba por los asuntos culinarios se manifestaron en la oda de 137 versos que agradecido compuso a su jefe de cocina por haber ideado un nuevo plato, la bomba a la Sardanápalo, consistente en una col rellena con tocino, salchichas y azafrán.

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

Suscripción en línea

 
Suscríbase | Contenido | Regresar al Inicio
 
Contacto
Envíenos sus Comentarios