Acuarimántima

Un cuento de inspiración egipcia

Por Francisco Javier Campos

 
Pirámide de Saqqara, tumba del rey Zoser, III Dinastía, c. 2650 aC.
 

s una joven sensitiva quien intuitivamente advierte estar en la parte “superior" de un infinito claror. Hacia “abajo" ve una construcción pétrea de regulares formas geométricas levantada sobre arenas calcinadas por el sol. Al acercarse descubre que son las pirámides de Egipto, simbólicas del universo de la manifestación que brota de lo no manifestado.
Llama su atención el atuendo de la cabeza de un hombre que, embalsamado, purificado con fórmulas mágicas y amortajado, reposa el sueño de la muerte sobre una lápida en el seno de la maternal estructura cuyo vértice concentra las emisiones de Ra.
Acuarimántima calza sandalias cafés y lleva gran número de brazaletes y pulseras de metal y turquesas de Persia y un collar de las mismas piedras de hermoso pulimento con áurea estrella de cinco puntas, pesadas joyas todas de oro solar brillantísimo, emblemáticas de verdades espirituales y de un saber superior. Le son invisibles su cuerpo y su vestimenta pero siente llevar un tocado grande y un agobiante cansancio clavado en la espalda donde carga pesadísimo fardo con los problemas de toda su vida… tiene el recuerdo borroso de haber vivido probablemente en tiempos de la III dinastía y haber llevado el nombre de alguna diosa protectora: Hathor o Serqet.
Entonces aparece ante sí una copa con pie de oro y vaso constituido por un fluido sutil e imponderable donde se capta y trasmuta la radiación de la pirámide. La otrora Serqet sostiene el cáliz a la altura del plexo solar del personaje sobre la piedra, en un rito sagrado y en completo secreto. Es un sujeto de piel oscura, con atavíos dorados indicativos de realeza y ojos maquillados conforme a su rango. Es alguien muy importante, no precisamente un faraón, sino un gran visir, escribano, poeta, arquitecto y médico. La mujer siente en sus manos cómo la copa/retorta se colma de vitalidad, paz y luminosa fuerza espiritual trasmitidas a la persona tendida, y le surgen intensos deseos de unírsele en ese estado de bienaventuranza. La liturgia en la cámara mortuoria infunde vida de ultratumba al dignatario, pues la muerte no es aniquilación, sino un viaje o proceso de luz a otro estadio del ser.

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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