Pilar bordes

Los surcos del grabado

Por: Marcela Quiroz Luna

Pilar Bordes, Árbol que canta, 2002. Aguatinta y trasgrafía, 27 x 30.5 cm.

uando uno ve los grabados de Pilar Bordes a veces siente que se lo va llevando, poquito a poco, una ventisca seca. De esas que peinan los que fueron campos y ahora sólo quedan como paisajes decolorados por el polvo y por el sol. Y ahí, en medio, habrá acaso un huizache tallado sobre la tierra como con punta seca. La tierra es como el amate. Y la mirada que lo busca, llorosa y curtida, tiene que parpadear muchas veces para verlo, nunca entero. La ceguera del sol recalcitrante no te deja. Por eso hay que verlo en fragmentos como los que une, uno a uno, Pilar Bordes.
A veces, supongo, se cansará de tanto seco. Entonces incursiona en las aguatintas, a veces hasta en el óleo, intentando hacer algo con el color. Pero yo insisto en que lo suyo son las tierras y las puntas secas. Es donde mejor se expresa. Como cuando llueve caligrafía japonesa en sus paisajes como hilos narrativos que denuncian su anclaje técnico y estético. O cuando recorta en segmentos numerados la figura, como en islas controladas por el dibujo como fundación de existencia.
Bordes responde a una tradición: la del grabado como perforación de la tierra. La marca como incisión, la figura como recorte. Diría Derrida que lo que hace es entrar y salir del cuadro, del papel, del marco… jugando sensiblemente con el afuera y el adentro de la imagen como representación y el mundo como escenario. Así como lo hace el viento sobre el terreno y el buril sobre la plancha: en surcos.

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Pedro Antonio delos Santos 84

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El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
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