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que Gustavo Pérez (México, 1950) estudió un año
de matemáticas, dos de filosofía y algo más de ingeniería
en lo que decidía dedicarse a la cerámica. A mí me
parece que una búsqueda así en la formación lo debe
hacer a uno más noble, más dócil, más humilde
ante el ensayo y la conciencia del error.
No hay una forma sólida, parecen decirnos las cerámicas de
Pérez expuestas durante estas semanas en las salas de la galería
López Quiroga; entendido, como adivino, de que a la vida no existe
solución única. Por eso la sabia y sutil experimentación
que ve uno en sus piezas, donde lo esencial resultan ser las concesiones
que el barro le permite a quien sabe trabajarlo. A quien admira sus obras
todo le parecerá, entonces, muy lógico: los geometrismos
tanto como la organicidad. Las alineaciones, los empastes, los huecos o
los dobleces. La forma se hace como él quiere y todo parece seguir
un orden natural. Frente al fluir del espacio entre y sobre la cerámica
de Gustavo Pérez uno no puede más que rescatar de los orígenes
de la ciencia, las más firmes ideas expuestas por Darwin sobre la
evolución de las especies. |