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icen quienes saben de ciencias naturales que la retina del ojo humano
recibe las impresiones del exterior gracias a la luz reflejada o
difundida por los objetos. Es en la retina donde las células
fotosensibles, denominadas conos y bastones por su forma, hacen lo
propio con los estímulos visuales para convertirlos en impulsos
nerviosos que al llegar a corteza nos convencen de que efectivamente
VEMOS.
Cómo vemos lo que vemos o lo que creemos ver ha sido una preocupación
constante en las artes. Si vemos con un ojo en la perspectiva renacentista
o sustituimos ojos por mente en el arte conceptual; si cambiamos nuestros
propios ojos por una lente o los entrecerramos apenas para difuminar
bordes y captar puras ondas de luz, colores y contrastes como hicieron
los impresionistas, resulta que el ver y lo visto son siempre un misterio
y siempre variables. Porque aun dentro de un estilo, escuela o mafia
artística los dictámenes sobre cómo ver, y por ende
cómo representar, varían entre sus miembros como varían
los pares de ojos.
Aunque queramos entender el impresionismo como algo claro y unido en
cuanto a intereses óptico-estéticos y sus resultados plásticos,
una ojeada a la obra de Alfred Sisley (1839-1899) muestra que, a pesar
de haberse formado en Barbizon con Courbet y Corot, de recibir la influencia
de los coloristas ingleses Turner y Constable y de su asociación
afectiva con Monet, Renoir, Pisarro y Degas, Sisley es un caso aparte. |