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en el seno de una familia de marchands d’art, Patrick Berko es
un especialista en pintura académica, realista y orientalista
del siglo XIX. Tal es el caso de este retrato La Princesa de 1890, propiedad
de su
galería, firmado por Uros Predic (1857-1952), uno de los pintores
más importantes de la Escuela del Realismo Académico en
Serbia. Seguramente
Predic nunca imaginó la trágica historia en la
que se vería envuelta la retratada, Natalia Obrenovic, esposa
del rey Milan de Serbia, quien tras varios yerros abdicara en 1889 a
favor
del hijo de ambos, Alexandre, para irse a vivir a París en el
exilio.
Entre las damas de honor de la corte exiliada se encontraba Draga Lunjewitza
viuda de Maschin. Ante la sospecha confirmada de que mantenía
un idilio con su esposo —mujeriego y sifilítico—,
Natalia la expulsa violentamente. Después de vagar durante meses
por algunas ciudades europeas, Draga tiene un misterioso encuentro en
Dubrovnik con
el hijo de Natalia, el rey Alexandre. El joven soberano queda prendado
de la ex amante de su padre y no se separa de ella jamás. Se rumoraba
que había sido embrujado por esta mujer convertida en reina de
los serbios ante el asombro y la ira de muchos, (comenzando por su suegra),
Natalia. La polémica boda costó la vida del ex rey Milan,
quien cayó fulminado por un ataque de apoplejía al enterarse
de que la elegida como consorte por su hijo había sido su antigua
protegée. La nueva reina no inspiró ninguna confianza a
sus súbditos y además algunos miembros de la corte aseguraban
que ejercía un ascendente pernicioso sobre el ingenuo y a veces
infantil rey.
La historia tuvo un desenlace fatal narrado por el corresponsal en
Belgrado del periódico francés Le Figaro, Jean Jacques
Ripperda, quien relata el salvaje asesinato de la pareja real en junio
de 1903.
Alejandro
y Draga fueron descubiertos detrás de una puerta donde se habían
refugiado en cuanto oyeron los ecos terribles de una sublevación
dirigida por el coronel Voyan Maschin, hermano del primer marido de Draga.
El grupo asesino entró al palacio y disparó varias veces
sobre la real pareja sin importarles las amenazas de Alejandro ni los
gritos suplicantes de Draga. Para asegurar el éxito de su misión
hundieron, una y otra vez, los sables en los cuerpos de sus víctimas
hasta que estos dejaron de moverse; dos camareras escucharon primero
los lamentos agónicos de los reyes y poco después el brindis
de los golpistas asesinos celebrando el fin de la dinastía de
los Obremovic.
Al parecer, ambos cuerpos fueron reclamados desde París,
por Natalia, quien se recluyó en un convento por el resto de su
vida.
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