| alentoso,
inventivo, soñador, insaciable lector, coleccionista, bon vivant,
viajero, hombre de época, fiel amigo, así era el arquitecto
Abraham Zabludovsky, con quien llevé desde siempre una íntima
y cálida relación, amistosa y profesional. Abraham tenía
un tumor benigno que debilitó sus piernas y
lo tenía en silla de ruedas. Falleció el pasado 9 de abril
por la mañana en un último intento por pararse a caminar.
No me siento muy bien, le dijo a la enfermera, pero me voy a levantar
a caminar un poquito. Ahí sucumbió Abraham en su casa de
Palacio de Versalles en Lomas Reforma. Aun enfermo, su pasión
insaciable por la arquitectura lo hizo trasportar su oficina a su casa
con el fin
de que pudiera seguir trabajando. Nunca paró.
Fiel desde su fundación, fue durante 18 años miembro del
consejo editorial de Casas & Gente. En 1959 lo conocí, estaba
trepado en los andamios de la cúpula del Auditorio de Puebla —en
los terrenos del cerro de Loreto y Guadalupe—, concluyendo la impresionante
obra donde se conmemoró, durante la administración del gobernador
Fausto Ortega, el centenario de la Batalla del 5 de Mayo de 1862. Ahí,
con Abraham surgió una de mis primeras largas entrevistas sobre
su arquitectura, publicada en el diario La Voz de Puebla de la Angelópolis
La mañana del 9 de abril de 2003 el arquitecto concluyó el último
plano del Museo del Niño de Villahermosa. Al día siguiente
los 140 planos de esta obra, llena de vida, alegría y vitalidad
salieron por DHL a su destino. Era el fruto de un trabajo realizado en
sólo ocho meses con una entrega y brillantez inusuales. Abraham
tenía muy claro cada detalle de este proyecto. Otra de sus últimas
obras, el Centro de Convenciones y un teatro en Coatzacoalcos se continúan
construyendo en su ausencia. Su equipo y su taller siguen paso a paso estos
proyectos como si el propio Abraham estuviera ahí presente.
Abraham, el maestro, supo hacer escuela, crear equipo, comunicar claramente
sus ideas entre sus cientos de seguidores de la nueva escuela de jóvenes
arquitectos. Prueba de ello fue el homenaje post mortem realizado en el
Museo de Arte Contemporáneo Rufino Tamayo, al que acudieron más
de 600 personas, entre amigos, compañeros, colegas, alumnos e integrantes
de la comunidad judía. Ahí su viuda Alinka Kuper de Zabludovsky,
acompañada por sus hijos Jaime, Moisés y Gina, y sus nietos,
recibió a nombre de su esposo la Medalla de Oro de Bellas Artes.
Estoy seguro que de haber recibido en vida esta presea, Abraham se habría
levantado y, en una de esas, hasta se habría aliviado. La medalla
hubiese sido la mejor quimioterapia. Descanse en paz Abraham. Siempre lo
recordaremos. Aún más con su obra presente, que permanece
para permitirnos seguir atravesando cada uno de sus umbrales.
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