| etratarse
siempre ha sido una de las inquietudes del hombre. Conocer la apariencia,
la figura, el cuerpo satisface la necesidad de conocernos a nosotros mismos.
Como testimonio surge la reproducción de la imagen física:
el retrato. En Madrid el Museo Thyssen-Bornemisza alberga una fascinante
colección del retratos correspondientes al Renacimiento donde,
además de encontrar majestuosos perfiles y rostros, se pueden apreciar
los ámbitos y tendencias de la época. Aquellas imágenes
guardan secretos que su apariencia no puede compartir por sí sola,
sino que invitan al espectador a descubrirlos.
Tablas y óleos trabajados de forma minuciosa por maestros como
Tiziano, Ghirlandaio, Hans Holbein, Vittore Carpaccio, Anton van Dyck,
Piero della Francesca, entre otros, nos muestran el trabajo del volumen,
el equilibrio de la composición y el tratamiento de la luz y de
los rostros. El Renacimiento floreció en las grandes ciudades,
residencia de burgueses y comerciantes que fueron pródigos con
los artistas, y les pagaban buenas sumas para realizar los retratos.
En la muestra se pueden distinguir obras donde los personajes aparecen
en escenas religiosas o devotas convertidos en espectadores de las escenas.
También encontramos los retratos de matrimonios frecuentemente
concertados por razones políticas y económicas. En este
caso los padres y familiares recurrían al pintor para dar testimonio
de la unión de sus hijos. Tampoco pueden faltar aquellas obras
que se mandaban hacer para recordar a la persona amada.
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