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e acuerdo que los constructivistas rusos, especialmente Gabo y Pevsner,
decían en su manifiesto que el volumen en la escultura debía
ser en realidad sólo producto de la percepción dirigida
por la inteligente intersección de planos. Otros, como Moore han
pensado que el volumen es extracción: es por el vacío y
en el hueco que la escultura existe. Chillida decía que el volumen
es sólo tiempo que pasa muy lento sobre una superficie. De entre
los muchos y particulares discursos sobre la existencia de la escultura
que se han sedimentado en la historia del arte, este mes la Nohra Haime
Gallery en Nueva York enfrenta sobre el tema a dos mujeres. Una es la
rusa Louise Nevelson, que sobre la línea del collage y los armados
surrealistas de objetos encontrados, sugiere que la escultura es un asunto
de armados. Por eso sus cajas de madera, ensamblajes pintados todos de
un mismo color: negro, blanco, oro. Adición por sustracción.
Sophia Vari, la griega, empezó con la pintura a mediados del siglo
pasado; poco después, buscando el volumen empezó a trabajar
el bronce. Hace una década volvió al color pero se mantuvo
en la escultura. Siguiendo una estética de coordenadas básicas,
Vari también ensambla. Ensambla colores puros.
Pero lo verdaderamente interesante es que las dos, como intención
la primera, como complemento la segunda, hacen de la escultura un tejido
de sombras, dejando sobre la mesa una vez más la duda sobre la
existencia del volumen entre la materia y la ilusión.
Y parece que sobre la ilusión recobrada se ha montado una de
las más interesantes y discretas muestras de escultura contemporánea
en nuestro país. Cinco jóvenes artistas (mexicanos o radicados
en México) ocupados con lo que quieren entender como los verdaderos
orígenes de la escultura, a saber, las formas de la naturaleza,
pueblan de falso paraíso los espacios de la galería de la
SHCP. Inmaculada Abarca, Erik Bächtold, Selma Guisande, Laura Rosete
y Shiori Chi entablan entre hojas de bronce, piedras brutas y talladas,
fibras de maguey y una semilla recreada, no ya un discurso entre intenciones,
simbolismos, metáforas o materiales sino un acuerdo de silencios
desde experiencias sobre el espacio. Son sólo 16 piezas. Priva
la discreción, el diálogo interno, reitero: la falsedad
del paraíso. Cuando la falsedad, repetiría Baudrillard,
es la apariencia como verdad. Y es cuando el proceso artístico
recrea y con ello se crea, que existe la copia de la idea, diría
Platón, y eso es ya de suyo un proceso vital de apropiación
y convivencia. Porque bien parece que hoy sólo podemos intentar
existir en el mundo y con el mundo desde el acto reflexivo. Para eso la
calma, un falso paraíso, un espacio posible para articular de nuevo
otras narrativas que superen lo que, de lejos, seguía pareciendo
real.
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