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i la vida se tratara sólo de miedos y profecías, augurios
y soledades, nadie tendría mayor razón para seguir en ella.
Algo me dice que Bedia lo sabe. Porque por principio, el tamaño
de sus lienzos y tapices, no sólo es una cuestión de espacio
y de distensión sino de respeto.
Abrir con una mariposa negra gigante no es cualquier cosa. Y menos cuando
uno sabe que el negro es el esqueleto de José Bedia. En las palabras,
en los contornos de sus figuras humanas y sagradas los cuerpos de hombres
y animales muchas veces no encuentran razón para diferenciarse.
El trazo, siempre el trazo. A veces lo hace con las manos, con coraje,
con ansia y seducción perdida. A veces parece que lo mueve el miedo,
el puro miedo de lo que hay detrás del negro. Entonces se vuelca
en leyendas, frases hechas, creencias populares, propios destierros. Si
son tiburones, o es la noche o es la inmensidad sobre una barca o la soledad
del sujeto solo, para todos, en azul, verde, gris, amarillo, para todos
es el mismo espacio, la misma carga. ¿A eso le llamarán
estilo?
Quizás es en esta última exposición del cubano
en nuestras tierras, donde recurre con insistencia al estilo, al saber
hacer, a lo conocido. Siguen sus mitologías santeras, siguen sus
fetiches compuestos, pero se asoma de pronto, entre ellos, una planta
arquitectónica que nos habla de otra cosa. Está vista desde
arriba, pero no con ojo de águila. Es más como un producto
de la imaginación. Será que Bedia está queriendo
ver otras cosas con los mismos ojos.
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