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fabricando arneses con minucioso esmero y enorme calidad, reafirmando
la equitación como dominio de la aristocracia. A las sillas de
montar, fuetes y botas perfectas, elaboradas con pieles de cerdos ingleses,
carneros de Mezamet y terneras del Tirol, fueron agregando las maletas
y otros artículos de marroquinería que los elegantes adquirían
en el número 24 del Faubourg St. Honoré, a partir de 1837,
cuando Thierry Hermès se instala en París. Su maestría
en el trabajo de las pieles se expresaría en otros objetos. Así
surgieron los guantes y las bolsas —y entre todas, la clásica
en piel de cocodrilo. Más tarde aparecerían las mascadas
y corbatas de seda, producto de la exquisita tecnología de los
expertos de Lyon. Y ya entrando a otros campos igualmente sofisticados,
Hermès sobresale en el diseño y creación de relojes
y fragancias. Eau d’Hermès, la primera entre 11, fue lanzada
en 1951. Hablando de la moda como tal, cada año presenta colecciones
de prêt-à-porter para hombre y mujer en las dos temporadas:
primavera-verano y otoño-invierno.
Hermès hoy viste un estilo de vida total. Propone manteles, cubiertos
y vajillas para la mesa; se mete a la recámara y cubre la cama
con suaves cobijas de cashmere y sábanas de lino bordadas a mano;
hace ositos de peluche para el bebé, toallas para playa, ceniceros
y portarretratos, piezas de joyería, sandalias y zapatos. Hay para
dar y regalar. Por cierto, recibir una caja color naranja con el logotipo
Hermès produce la emoción de la sorpresa que se mezcla con
la certitud de la gran calidad y el lujo.
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