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no que siempre es el mismo. Por lo impávido del rostro parece que
el intento se dirige hacia el disfrute de la naturaleza. Así son
las fotografías, las más grandes. Un “safety-man"
vestido de explorador, entre bosques, junto a un lago, entre un grupo
de amigos frente a una montaña, al principio de una alberca, al
lado de una vitrina, entre pilas de libros, siempre queriendo parecer
en el aparecer. Y eso que desde el principio, bajo el título y
al lado de la cédula, se nos muestra al hombre inflable así,
inflado, desvestido, posado sobre un cubo frente a las luces y la cámara
de gran formato. Aún así queremos creer en lo que vemos.
Entonces Berecochea le da otra vuelta. Ya no es un no-ser en 3D, es
ahora un recorte. A veces incrustado sobre otro. Es Judy Garland insertada
en paisajes, de esos que ilustran calendarios. Esta es una serie de cinco
fotografías. La reiteración no hace mucho más que
expandir el espectro de posibilidad del engaño asumido de la bidimensión.
Parece que la fotógrafa se ha deshecho sin mayor dificultad de
los problemas de volumen y profundidad. No es así. Aparece entonces
la niña de cartón en paisajes naturales. Pero, sabemos,
la otredad no es tan sencilla. No es finalmente un asunto binario. Así,
el foco centrado en la niña de cartón y el fondo difuso
entre pastizales y montañas de hermosos parajes tuercen de nuevo
la posibilidad de juzgar por la sola mirada qué es lo real. Y ahí,
en medio de estos enunciados sin narrativa —por la imposibilidad
de quien mira de creer las acciones retratadas— aparece una niña
de pie, sobre un ciclorama de fondo, en un estudio bien iluminado. Viva,
despeinada, forzadamente quieta, resulta en contrapunto, entre tanta representación,
demasiada presencia.
¿Será que a veces sí es mejor parecer sin estar?
Unas veces unos, otras veces otros.
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