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uriosamente, los intereses de Adolf Loos (Checoslovaquia 1870-1933) en
la arquitectura y sus soluciones —que profesaba y enseñó—
se encaminaron siempre hacia la supresión de lo superfluo, a su
juicio entendido como el exceso de pasión contenida en una forma.
Y digo curioso no porque la arquitectura, que en las primeras década
del siglo xx avanzó desde el décó hacia el funcionalismo,
entre la Bauhaus y la llamada escuela de Chicago, buscara en otros manantiales,
sino porque precisamente fue Loos el principal mecenas de uno de los más
apasionados pintores de la época: Oskar Kokoschka (Austria, 1886-1980).
La forma ha de seguir a la función, fue uno de los lemas adoptado
por artistas de todos géneros en aquella época. Y qué
fácil resulta entender las palabras cuando uno camina entre las
economías formales de las casas de Le Corbusier. Pero si uno quisiera
leer con la misma lente los óleos rasgados de Kokoschka, no podría
más que estar loco.
Y es que, son esos, los que la historia del arte ha dado en llamar “retratos
psicológicos" del austriaco, los que claramente lo enfrentan
a uno con la locura de lo que la sociedad juzga como “sanidad”.
De voluminosa producción en sus años jóvenes, concretamente
entre 1909 y 1914, fue el propio Loos quien comprara más de ochenta
óleos, todos retratos, donde Kokoschka pareció —más
que pintar— escupir a la sociedad vienesa y berlinesa de las primeras
décadas del siglo xx. Era ésta una sociedad que, a juzgar
por sus reacciones más comunes, no estaba lista para verse desnudada
hasta los huesos en gestos y expresiones permitidos a todos menos a la
alta sociedad, donde todo es apariencia. Porque resultó que el
juego entre el libertinaje de la pincelada, el carácter más
bien sombrío de la paleta y la desgarradora proyección de
lo que los exteriores de quien posa intentan siempre esconder o al menos
mejorar de su vulnerable interior, resultaron demasiado escandalosos para
los retratados: desbordamientos no pedidos de uno mismo.
Así, Oskar Kokoschka como Egon Schiele y varios otros desafiantes
jóvenes artistas, que encabezaron y descabezaron la efervescente
capital austriaca de las dos primeras décadas del siglo xx, padecieron
quizá lo mismo que disfrutaron sus osadías. Se habló
de ellos como los artistas de la secesión austriaca. Hubo claro,
como en todo movimiento de vanguardia, intelectuales que desde el inicio
los apoyaron. Una de esas plumas fue la de Paul Westheim, a quien, ya
en nuestro país, en el exilio de la posguerra, le debemos algunos
de los primeros estudios de significado del arte prehispánico,
su cosmogonía y sociedad. De críticos como Westheim y chequeras
como la de Loos, crearon y sobrevivieron muchos de los impulsores de las
vanguardias artísticas del siglo pasado. |