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el siglo XVIII, la fabricación de muebles en Francia alcanzó
uno de sus momentos culminantes por la calidad de las manufacturas, el
preciosismo de los diseños y las maderas más nobles llegadas
a Francia de lejanas tierras, de África y de la América
española. Las artes decorativas se enriquecen en esa época
con maderas suaves, maleables y pulcras con las que era posible lograr
verdaderas joyas de colección.
La primera mitad del siglo XVIII en Francia es una época emocionante
y vigorosa donde las artes aplicadas florecen de un modo particularmente
pujante. Junto a la arquitectura y el teatro de Molière, en medio
de grandes convivios, de señoriales bailes y complicados hábitos
sociales, los artesanos fabrican obras de una asombrosa exquisitez. Es
de sobra conocido que el monarca, el Rey Sol, y sus más cercanos
dominan, imponen criterios, prácticas y costumbres. Por su parte,
los artesanos consuman en sus magistrales obras las pretensiones de la
caprichosa elite empeñada en ataviar los diferentes salones y recintos
de sus grandes edificaciones, y de esa manera imitar las formas reales
y la moda versallesca. Las cortes y el rey demandan una gran cantidad
de mobiliario para las residencias y mansiones solariegas. También
la burguesía financiera, que entonces experimentaba un importante
desarrollo, contribuye a la consolidación de los talleres que exigen
crecientes recursos para abastecer a su sofisticada clientela. Los banqueros
financian al monarca y aportan fondos para los antojos de una aristocracia
decadente y, en buena medida, empobrecida y desobligada, apartada del
tráfago de la vida cotidiana, pero que exige satisfacer sus gustos.
Al mismo tiempo, el moblaje de la época comienza a recibir la influencia
de una clase emergente que prefiere el confort a la suntuosidad de una
vida regia y que le imprimirá un tono más próximo
y relajado.
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