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n año antes de morir, José Bernardo Couto, el jurista de
origen veracruzano, escribía su Diálogo sobre la pintura
mexicana, primera historia del arte mexicano. La fecha: 1861. Poco tiempo
antes de la llegada de Maximiliano y Carlota, en un país convulso
que recién se había visto obligado a ceder" más
de la mitad de su territorio a los Estados Unidos, en la guerra de despojo
de 1845-1847, uno de los hombres más cultos, dedicaba sus esfuerzos
al rescate y ordenación de la historia de la pintura mexicana de
los siglos coloniales. En su diálogo, a la manera de Platón,
Couto recreaba para la memoria y la enseñanza un recorrido, discutido
entre tres personajes, por la primera Galería de pintura de la
antigua Academia de San Carlos, también por él fundada.
Para
nuestros fines, esta pequeña historia nos sirve para recordar la
que pudiera leerse como la primera muestra colectiva de arte en el país.
Que si bien el sentido de la galería ha variado, pues originariamente
su finalidad consistió en la recolección, exposición
y conservación de piezas artísticas; con la avasalladora
consolidación del mercado del arte a fines del siglo xx en territorio
norteamericano, el móvil último se fincaría en la
venta de obras y la conformación de artistas y trayectorias.
Ahora bien, esos sujetos y objetos del deseo" construidos y
movidos por las galerías pueden dividirse de manera simple en dos:
consagrados y por consagrar. Y sobre los consagrados hay actualmente,
y a unos pasos de distancia, dos galerías en la ciudad que exponen
en colectiva una parte de lo mejor de sus mejores artistas.
En la Galería Lourdes Sosa sobresalen las batallas de gran formato
de Arnaldo Coen como reconfiguraciones de la obra maestra del renacimiento
italiano de Paolo Uccello; los libros estáticos de Naomi Seigman;
dos complejas escenas conformadas sobre las particulares mitologías
de Jesús Lugo; el Profeta rojo de Francisco Corzas en su misticismo
silente, y una de las cajas-ensamblajes más interesantes del ya
inmortal Gironella.
Tan sólo a media cuadra, la Galería Juan Martín nos
recibe con un interesante diálogo zoofantástico-musical
entre dos litografías de insectos y otros animales de Toledo frente
a la Tocata y fuga de Mario Martín del Campo. Más adelante,
una de las moriscas de papel construido de Palle Seiersen Frost parece
anticipar, en la segunda planta, una de las inequívocas piezas
cerámicas de Gustavo Pérez como especie de laberintos de
la razón. Ecos geometrizantes que resuenan al interior de las volcánicas
de Yazpik, resbalando sobre las fácilmente detectables líneas
volumétricas de Sebastián.
Y si sobre el recorrido de una y otra volvemos a los esfuerzos de José
Bernardo Couto, bien podemos asomarnos en vivo a un mismo proceso que
sigue intentando construir historia: las muestras colectivas.
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