Paul Day las condenas de la materia

  Por: Marcela Quiroz Luna     Foto: Galerie Alain Bondel
 
 
Detalle de la Comédie Urbaine, 2000, terracota, 50 x 30 x 4 800 cm

 

Paul Day (1967)

na cabeza de rostro desencajado mira al vacío. El vacío resulta que somos nosotros. El espectador es el verdugo, porque estando ahí, en el mismo cuarto, frente al miserable caos ajeno, no hace nada más que observar. Observamos lo insalvable de la muerte inminente. La muerte de uno y de todos. Paul Day (Inglaterra, 1967) nos condena, y todas sus condenas son del mismo color: el de la tierra.
Todo lo trabaja en bajorrelieves de terracota. Será porque el mundo globalizado es todo del mismo color y lleno de no lugares (como los bautizara Marc Augé). Recuerda de la infancia el terror a los hombres grises del Momo de Michael Ende. Del presente, revive cualquier día de atiborrada soledad en las grandes metrópolis que parecen devorarlo todo. ¿Lo harán?
Bajorrelieves de compleja distribución espacial, donde los puntos de vista cruzados y físicamente imposibles de aprender por un mismo espectador, recuerdan en su ordenado desquicio a los juegos mentales trazados a lápiz por Escher. El crítico Jean Dethier escribió sobre Day: trabaja sobre lo que conoce, no lo que ve, a la manera cubista. Yo lo ligaría por otro camino más hacia el sentir expresionista: Paul Day trabaja sobre lo que padece y ve. Es el precio de la ciudad.

Detalle de la Comédie Urbaine, 2000, terracota, 50 x 30 x 4 800 cm

La interacción con la urbe anónima se vuelve la experiencia primera y última. A eso remiten las búsquedas formales del inglés, exiliado en la Borgoña desde 1992. En cada rostro modelado a la orilla de las interminables vías de alta velocidad, disfuncionales tras el exceso de usuarios; como en las viejas iglesias vacías por la pesadez de un pasado y presente en el que ya nadie entiende la posibilidad de salvamento del ritual; en edificios atiborrados de columnas, pasillos y gente; entre las ruinas de las antiguas construcciones edificadas al detalle sobre las que yerguen nuevos, poderosos y más altos muros, pero planos, agresivos e impersonales; desde estaciones ferroviarias que llevan y traen a los mismos enajenados pasajeros; entre automóviles que no ven y miradas automatizadas bajo cielos de tormenta. Ahí, se paraliza la obra de Paul Day, donde las viejas capitales y sus nuevos ciudadanos tratamos de construirnos la ilusión de un presente significante.

Detalle de la Comédie Urbaine, 2000, terracota, 50 x 30 x 4 800 cm

Hace dos años, el gobierno belga le encargó a Day una obra en la que plasmara la evolución histórica de las ciudades modernas y contemporáneas a través de sus habitantes. El escultor hizo un bajorrelieve de apenas 30 centímetros de profundidad. Eso le bastó para contar la historia de la deshumanización citadina en ¡48 metros de largo! La llamó: Comédie Urbaine (La comedia urbana). No olvidemos que la comedia, como género teatral, nacido en la Grecia antigua, sólo es entendible en contraposición; es decir, la comedia sólo es comprensible como extensión de la tragedia. Day lo sabe bien y en ese friso lo encierra todo de ida y vuelta: porque la ciudad es cruel y certera como los designios del oráculo; porque todo ocurre siempre en las ciudades, a las que siempre querían volver los tercos hombres del origen de la dramaturgia. Quieren volver y vuelven a pesar de la propia vida, pagando muchas veces con la muerte. Pareciera que Paul Day sobre esto sentencia con bíblicas reminiscencias: de la ciudad eres y en la ciudad te convertirás, y todo vestido de polvo. Será esa la condenación última de la materia: nunca dejar de serlo.
Como lo revelara lúcidamente Italo Calvino (1923-1985) en Las ciudades invisibles con inquietante parecido: ...al entrar en el territorio que tiene a Eutropía por capital, el viajero ve no una ciudad sino muchas, de igual tamaño y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropía es no una sino todas esas ciudades al mismo tiempo... Así, la ciudad repite su vida igual, desplazándose para arriba y para abajo en su tablero vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropía permanece idéntica a sí misma.

 

Galerie Alain Blondel
4 Rue Aubry-Le-boucher
75004, París, Francia
Tel: 33 142 78 66 67
www.galerie-blondel.com


 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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