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cabeza de rostro desencajado mira al vacío. El vacío resulta
que somos nosotros. El espectador es el verdugo, porque estando ahí,
en el mismo cuarto, frente al miserable caos ajeno, no hace nada más
que observar. Observamos lo insalvable de la muerte inminente. La muerte
de uno y de todos. Paul Day (Inglaterra, 1967) nos condena, y todas sus
condenas son del mismo color: el de la tierra.
Todo lo trabaja en bajorrelieves de terracota. Será porque el mundo
globalizado es todo del mismo color y lleno de no lugares (como los bautizara
Marc Augé). Recuerda de la infancia el terror a los hombres grises
del Momo de Michael Ende. Del presente, revive cualquier día de
atiborrada soledad en las grandes metrópolis que parecen devorarlo
todo. ¿Lo harán?
Bajorrelieves de compleja distribución espacial, donde los puntos
de vista cruzados y físicamente imposibles de aprender por un mismo
espectador, recuerdan en su ordenado desquicio a los juegos mentales trazados
a lápiz por Escher. El crítico Jean Dethier escribió
sobre Day: trabaja sobre lo que conoce, no lo que ve, a la manera cubista.
Yo lo ligaría por otro camino más hacia el sentir expresionista:
Paul Day trabaja sobre lo que padece y ve. Es el precio de la ciudad.
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La interacción con la urbe anónima se vuelve la experiencia
primera y última. A eso remiten las búsquedas formales del
inglés, exiliado en la Borgoña desde 1992. En cada rostro
modelado a la orilla de las interminables vías de alta velocidad,
disfuncionales tras el exceso de usuarios; como en las viejas iglesias
vacías por la pesadez de un pasado y presente en el que ya nadie
entiende la posibilidad de salvamento del ritual; en edificios atiborrados
de columnas, pasillos y gente; entre las ruinas de las antiguas construcciones
edificadas al detalle sobre las que yerguen nuevos, poderosos y más
altos muros, pero planos, agresivos e impersonales; desde estaciones ferroviarias
que llevan y traen a los mismos enajenados pasajeros; entre automóviles
que no ven y miradas automatizadas bajo cielos de tormenta. Ahí,
se paraliza la obra de Paul Day, donde las viejas capitales y sus nuevos
ciudadanos tratamos de construirnos la ilusión de un presente significante.
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Hace dos años, el gobierno belga le encargó a Day una obra
en la que plasmara la evolución histórica de las ciudades
modernas y contemporáneas a través de sus habitantes. El
escultor hizo un bajorrelieve de apenas 30 centímetros de profundidad.
Eso le bastó para contar la historia de la deshumanización
citadina en ¡48 metros de largo! La llamó: Comédie
Urbaine (La comedia urbana). No olvidemos que la comedia, como género
teatral, nacido en la Grecia antigua, sólo es entendible en contraposición;
es decir, la comedia sólo es comprensible como extensión
de la tragedia. Day lo sabe bien y en ese friso lo encierra todo de ida
y vuelta: porque la ciudad es cruel y certera como los designios del oráculo;
porque todo ocurre siempre en las ciudades, a las que siempre querían
volver los tercos hombres del origen de la dramaturgia. Quieren volver
y vuelven a pesar de la propia vida, pagando muchas veces con la muerte.
Pareciera que Paul Day sobre esto sentencia con bíblicas reminiscencias:
de la ciudad eres y en la ciudad te convertirás, y todo vestido
de polvo. Será esa la condenación última de la materia:
nunca dejar de serlo.
Como lo revelara lúcidamente Italo Calvino (1923-1985) en Las ciudades
invisibles con inquietante parecido: ...al entrar en el territorio que
tiene a Eutropía por capital, el viajero ve no una ciudad sino
muchas, de igual tamaño y no disímiles entre sí,
desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropía es no
una sino todas esas ciudades al mismo tiempo... Así, la ciudad
repite su vida igual, desplazándose para arriba y para abajo en
su tablero vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas
con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos
diversamente combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola
entre todas las ciudades del imperio, Eutropía permanece idéntica
a sí misma.
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