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esulta
que entre percibir y representar se encierra el mundo para quien lo vive.
Si lo que vemos es lo que vemos, los sentidos parecieran suficientes para
aprehender de la realidad lo que a nuestra vivencia necesitemos entender
como lo real. Pero si lo que parece es lo que hay en tanto que nosotros
interpretamos el mundo, la realidad no existe, sólo sus imágenes
en nuestra cabeza.
Pero resulta que para Hugo Laurencena percibir o representar, como excluyentes
posibilidades, no son suficientes. Deconstruye la historia en sus fragmentos
y la vuelve a armar poco a poquito. Como si dudara de todo, como si necesitara
probarse a sí mismo la existencia de objetos tan comunes y aparentemente
banales como un puro, unas canicas o tres latas vacías. Laurencena
pinta y llama a las cosas por su nombre. Hasta que se encuentra con tres
botellas empapeladas. Al menos eso parecen. Pudieran ser sólo papeles
reconstruidos que, si bien alguna vez escondieron una botella, ahora niegan
su función y alguna posible historia. Y es ahí que no sabemos
ya si lo que vemos es lo que vemos o lo que vemos es lo que parece o lo
que parece es lo que estuvo. ¿Lo sabe Laurencena? Yo quiero creer
que no. Sólo así tiene sentido esa afanosa búsqueda
de perfección técnica que evidencia su pintura en cada trazo,
cada brillo, textura y contorno. No como mero hiperrealismo, sino como
pregunta por la existencia. ¿Qué las cosas son, o de verdad
el león no es como lo pintan?
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