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una pena que no se haya difundido lo suficiente una de las más
hermosas muestras (de antemano temiendo la satanización del adjetivo
“hermoso" cuando se habla de arte, por pecar de superficialidad
o caer en el elogio fácil y anacrónico) en las salas de
la Galería López Quiroga, convertida entre las dificultades
citadinas en un remanso para el alma. Regalo que el arte a veces da (a
veces no) y cuando uno lo encuentra, cómo lo agradece.
En el primer piso, algunas fotografías de Graciela Iturbide; todas
con aves, muchas aves, en varios mundos, entre sombras y barridos geográficos.
Arriba, cerámica de Gustavo Pérez con esos juegos de planos
que hacen que la tridimensión deje de ser lo importante en la cerámica
y se vuelva un juego de percepción en dos planos. Las piezas en
papel de Chillida sugieren una interesante mancuerna exploratoria entre
el espacio y sus potenciales imaginarios.
Algunos rizomas como mapas, en serigrafía, de Alfonso Mena Pacheco;
pequeños óleos de Irma Palacio sobre el juego de la veladura,
la textura de los vacíos y la trama de lo velado —a decir
de Jacques Derrida—, comparten los demás espacios con algunos
de los ya no tan intrigantes personajes de Cuevas.
La hermosura es sutil y lo sutil, sin duda, hace la vida más llevadera.
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