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undécima bienal de pintura Rufino Tamayo concluyó a finales
de agosto del 2002 con la premiación a las obras de tres artistas:
Jesús Lugo, Beatriz Ezbán y Víctor Rodríguez.
La muestra presentó 1 720 obras de 659 artistas, de las cuales
se eligieron 57. De ésas sólo tres obtuvieron premio de
adquisición, por el valor de ciento cincuenta mil pesos cada una,
entre ellas Accidente III —de la serie “accidentes caseros”—
de Víctor Rodríguez.
VR: Me interesa el realismo como lenguaje. No creo en el realismo fotográfico.
No creo en la mímesis. La pintura es la pintura.
Es la postura de quien se ha querido ver como el hiperrealista más
avant-garde del medio artístico mexicano contemporáneo.
Las pinturas de Víctor Rodríguez no hablan de una realidad;
tampoco sus colores. No parten de una foto, pero sí se esfuerzan
por copiar sus detalles.
VR: Tampoco me considero fotorrealista, aunque utilizo muchas fotos, muchas
de ellas muy malas, las uso para captar los efectos ópticos de
la cámara y poder reproducirlos. Tomo de la foto el instante.
La realidad como puesta en escena —le digo a Víctor—;
el arte como espectáculo unas veces, como estrategia otras.
VR: A veces uno sólo hace cosas para que tus amigos te quieran.
Yo pinto porque es lo único que sé hacer. La gente dice
también qué es lo que hago.
MQL: Entonces lo hace y lo hace bien. Pero ¿qué significa
lo bien hecho para esta pintura?
VR: Ya no me interesa el pavoneo juvenil del “miren qué
bien lo puedo hacer”; me interesa el trabajo en el taller.
Tal vez sea eso lo que le molesta a algunos críticos y a ciertos
colegas, la no pretensión o la pretensión bien asumida.
VR: Yo siempre estuve aislado del “main stream” cuando vivía
aquí en México. Cuando la Quiñonera y otros...
Ahora y desde hace ya algunos años, vive en Nueva York con su esposa
Mayte. Ella siempre está en sus cuadros. En esas historias a desencadenar.
A últimas fechas aparece también él. Hay que darse
una vuelta por la Galería Enrique Guerrero para ver sus últimos
trabajos.
VR:
Nunca estudié pintura. Tampoco me conviene decir qué estudié
(diseño gráfico en la Universidad Iberoamericana) porque
a la gente se le hace muy fácil creer que entiende entonces de
dónde viene mi trabajo. Lo cierto es que no tiene nada que ver.
Nunca he hecho nada de diseño gráfico.
Tiene razón, sería fácil buscarle por ahí
al uso de lo cotidiano, de lo gráfico, de la foto como base, hasta
del colorido. Pero hay indicios —siguiendo a Charles S. Peirce y
a Phillipe Dubois—, en el trabajo de Víctor, que se alejan
definitivamente del símbolo gráfico y del icono de consumo.
El trabajo repetido, preciso y lento, de contacto entre su mano y el pincel
sobre el lienzo, pasa entonces a la categoría de huella, depósito
de tiempo, marca de una herida, residuo de goce. Estos y otros son ejemplos
del famoso índex adoptado fervorosamente por los semióticos.
Y es que de Víctor se han dicho muchas cosas con las que él
tampoco está de acuerdo. Como lo de la intimidad de su pintura.
Sí, es íntima, pero no porque retrate a su mujer en el retrete.
VR: El momento de concepción es íntimo entre ella y yo.
Pero no es esa intimidad del momento captada por el ojo invisible, como
en Vermeer.
Después, también es íntimo el trabajo de taller al
que hace constante referencia el joven pintor (México, 1970).
Raquel Tibol escribió sobre tu trabajo que hay en él una
trasformación de lo vulgar hacia la sutileza (ambos imaginamos
que la línea sobre la que escribe camina entre las camisetas rojas
del Che Guevara, la lengua de fuera, un gato cualquiera...)
MQL: ¿No será que la sutileza de tus pinturas está
investida en el proceso?
VR: Sí es un asunto de tiempo, en la confrontación del objeto
hecho a mano muy laboriosamente.
Quizá se debiera uno detener más frente a sus monocromos.
VR: El rojo es un color que te da poco ámbito de contrastes, hay
una reducción de recursos, es más difícil.
Como si decidiera uno hacerse la vida difícil. Porque el trabajo
de Víctor Rodríguez avanza —y bastante rápido—
contracorriente: que si la pintura se ha muerto ya muchas veces en la
historia; que si las nuevas tecnologías le ofrecen el oficio fácil
a cualquiera; que si la identidad del artista mexicano no concuerda con
las expectativas extranjeras sobre su físico y el de su mujer;
que si el tiempo de la pintura es tiempo para poder equivocarse.
VR: Yo no trato de que lo que pinto como madera haga, que el que lo ve,
crea que es madera. No se trata de engañar al ojo.
Así se distancia con una sola frase desde los techos renacentistas
hasta Cauduro. Se trata de antifaces, rostros pintados, muecas eufóricas,
ferias y algo de narrativa. Que nada sea dicho de más y que todo
se esconda y se revele en la no pincelada del acrílico.
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