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ólo se necesita una guitarra y la creatividad de Georges Moustaki
la hace sonar —timpiripim, tracatán— cuando el ritmo
está en sus dedos, del corazón le salen palabras y su voz
se alza para denunciar inmundicias humanas y demandar amor, igualdad,
fraternidad, paz y libertad. La crítica es un deber del poeta.
Los creadores deberíamos denunciar lo que no nos gusta y, al mismo
tiempo, difundir los valores culturales. Yo me considero un cantante que
tiene la suerte de cantar sus ideas.
Aunque egipcio de nacimiento, es hijo adoptivo de la Ciudad Luz y devoto
amante de su cultura. Desde hace casi medio siglo se ha dado a la tarea
de pregonar sus historias poéticas con ritmos diversos. En sus
discos lo mismo se reconocen sonidos de la música francesa más
popular que cadencias griegas, mediterráneas, de jazz, samba o
tango. Su imagen evoca al juglar medieval recorriendo Europa a veces a
pie con su lira a la espalda o bien en una carreta cargada de sorpresas
y romances; Georges, hoy por hoy a punto de celebrar su setenta aniversario,
recorre el mundo en su motocicleta sembrando conciencia social.
Artista ha sido siempre. El ambiente de su infancia, trascurrida en gran
parte dentro de la librería de su padre, lo empujó primero
al periodismo, luego a la canción y en la actualidad a la narrativa,
la pintura y, de vez en cuando, a la actuación. En su trayectoria
de artista y viajero incansable, su corazón y sensibilidad están
siempre perceptivos para capturar de la vida aquel detalle simple que
merece homenajearse. Tuve la suerte de viajar y encontrarme con grandes
personajes como Edith Piaf, Astor Piazzolla y Mikis Teodorakis; no sé
si ellos sean mis influencias o mis interlocutores. Durante esa época
tuve la sensación de conocer gigantes; ahora ya no los encuentro,
dice con un dejo de decepción y nostalgia. Actualmente la música
y sus intérpretes se crean y se diluyen con tanta facilidad que
uno los confunde entre sí y más que recordar la música
recuerda su imagen plástica y deformable. En aras del cambio constante
y lo novedoso los cantantes olvidan sus raíces y con ello pierden
universalidad.
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