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un año del peor atentado terrorista en la historia de Estados Unidos,
las calles neoyorquinas, y no sólo las que antes hervían
de hombres vestidos en Boss, Zegna y Armani en el distrito financiero,
se sienten temerosas, apabulladas. Es fuerte la primera impresión
y única la sentencia: Nueva York perdió su glamour y esa
envidiable seguridad que veía uno en los rostros de sus multiétnicos
habitantes caminando importantes y apresurados de norte a sur de la isla
sobre sus principales avenidas con un periódico en la mano y un
expresso doble de Starbucks en la otra. Hoy la atmósfera de la
gran ciudad es gris a pesar del caluroso verano, y en algunas esquinas
el miedo y la inseguridad interna se respira a veces tan densa que pudiera
cortarse con un cuchillo. Pareciera el final de una gran fiesta.
¿Qué si el arte pudiera ser un bálsamo? Algunos
lo siguen pensando, otros lo esperamos y los que dudan aún así
prefieren confiar y en este afán de aligerar la tragedia, uno de
los más impulsados este verano en la gran manzana es Claes Oldenburg
(1929) quien no sólo está tratando de divertirse y divertirnos
en el techo del Metropolitan Museum of Art con alfileres gigantes, rebanadas
de pay de moras y palas rojas de jardinería. En uno de los pisos
del Whitney se presenta por vez primera un conjunto de dibujos y bocetos
de varios de sus proyectos escultóricos (1959-70) trabajados en
conjunción con el historiador de arte Coosje van Bruggen. En una
de las principales galerías de Chelsea, la PaceWildenstein, decidió
recrear un pequeño gran picnic sobre arena, una servilleta de tela
con ribetes azules, un cuchillo para pelar y varios duraznos y peras gigantes
que parecen haber rodado por el espacio de la galería al colocar
sobre el suelo la servilleta que los contenía.
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