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ara disfrutar a Edgar Degas hay que tener una visión desencantada
del arte. Nada más lejano de su profunda personalidad creadora
que la ilusión de sentimientos o pasiones: su trabajo es una sucesión
total de planos. Sea en la pintura o en la escultura, en Degas hay una
voluntad seca, un trazo cortante como un cuchillo que amenaza con destrozar
el encanto que pueden producir unas cándidas bailarinas. Un arte
sin concesiones, mirada desencarnada de la vida cotidiana, lo mismo en
una planchadora que un grupo de bailarinas ejercitándose en el
foyer para dar flexibilidad a sus articulaciones o a unos largos caballos
de carreras que cruzan una cuadra, el tratamiento de las formas parece
disecar los cuerpos, tan duro es su aspecto.
Degas tenía un gusto malsano por lo mortecino; sus esculturas
dan cuenta de este deslave de materia en cuya luz difusa todo parece palidecer.
Sus cuerpos son siempre lacios y angulosos; los desnudos femeninos —su
vocación interminable— dan a la higiene, como dice Elie Faure,
la despiadada tristeza de un vicio secreto.
¿Puede haber algo más mórbido en la manera de presentar
la belleza? ¿Quiénes pueden admirar en esas formas enflaquecidas,
de huesos salientes donde parece escurrirse el alma junto con el bronce,
el aspecto elevado del hombre? Muy pocos gozan de este peculiar sentido
de lo que en su momento fue moderno.
La riqueza a Degas le causaba el mismo “respeto" que a los
ricos de su época su humilde y decadente carnicería escultórica
de aspecto humano. Por eso Degas rechazaba con mucho la propuesta iluminada
de sus contemporáneos impresionistas: para él la forma pura
del arte se encontraba en la única y fría preocupación
de describir una acción precisa, no frenada por pudor alguno ni
vuelta heróica por ningún impulso lírico. Su óptica
fue demasiado clarividente; nada hay en él que sea ingenuo y si
algo lo distingue, es su total despreocupación por agradar a alguien
con su obra. Su obsesión fue buscar actos definidos en la precisión
más absoluta del aseo o de las posturas feas que las personas adquieren
en la intimidad: la pierna levantada para entrar a la bañera, los
brazos levantados para peinarse, la mirada al suelo de una embarazada,
la presión de una toalla sobre los senos. Las formas robustas resaltan
con sus codos delgados o con sus hombros dislocados, con el hundimiento
de los muslos o el aplastamiento de las caderas.
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