Edgar Degas

La crueldad en el arte: su vicio secreto
Por: Vera Milarka  Foto: Museou de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand, São Paulo, Brasil
Bailarina de 14 años. Bronce, 98 x 35.2 x 24.5 cm

ara disfrutar a Edgar Degas hay que tener una visión desencantada del arte. Nada más lejano de su profunda personalidad creadora que la ilusión de sentimientos o pasiones: su trabajo es una sucesión total de planos. Sea en la pintura o en la escultura, en Degas hay una voluntad seca, un trazo cortante como un cuchillo que amenaza con destrozar el encanto que pueden producir unas cándidas bailarinas. Un arte sin concesiones, mirada desencarnada de la vida cotidiana, lo mismo en una planchadora que un grupo de bailarinas ejercitándose en el foyer para dar flexibilidad a sus articulaciones o a unos largos caballos de carreras que cruzan una cuadra, el tratamiento de las formas parece disecar los cuerpos, tan duro es su aspecto.

Degas tenía un gusto malsano por lo mortecino; sus esculturas dan cuenta de este deslave de materia en cuya luz difusa todo parece palidecer. Sus cuerpos son siempre lacios y angulosos; los desnudos femeninos —su vocación interminable— dan a la higiene, como dice Elie Faure, la despiadada tristeza de un vicio secreto.

¿Puede haber algo más mórbido en la manera de presentar la belleza? ¿Quiénes pueden admirar en esas formas enflaquecidas, de huesos salientes donde parece escurrirse el alma junto con el bronce, el aspecto elevado del hombre? Muy pocos gozan de este peculiar sentido de lo que en su momento fue moderno.

La riqueza a Degas le causaba el mismo “respeto" que a los ricos de su época su humilde y decadente carnicería escultórica de aspecto humano. Por eso Degas rechazaba con mucho la propuesta iluminada de sus contemporáneos impresionistas: para él la forma pura del arte se encontraba en la única y fría preocupación de describir una acción precisa, no frenada por pudor alguno ni vuelta heróica por ningún impulso lírico. Su óptica fue demasiado clarividente; nada hay en él que sea ingenuo y si algo lo distingue, es su total despreocupación por agradar a alguien con su obra. Su obsesión fue buscar actos definidos en la precisión más absoluta del aseo o de las posturas feas que las personas adquieren en la intimidad: la pierna levantada para entrar a la bañera, los brazos levantados para peinarse, la mirada al suelo de una embarazada, la presión de una toalla sobre los senos. Las formas robustas resaltan con sus codos delgados o con sus hombros dislocados, con el hundimiento de los muslos o el aplastamiento de las caderas.

 
El texto completo de este reportaje y sus fotografías, pueden
verse en la edición impresa de Casas & Gente.

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