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no es dadivosa en palabras porque son sus pies, piernas, muslos, cadera,
cintura, espalda, torso, pecho, hombros y cara los que gritan, susurran,
narran, aman y sufren. Para ella los verbos no se conjugan en los cuadernos
sino sobre su cuerpo, geografía de su profesión. Su semblante
es dulce, parece haberse quedado con la inocencia que de niña la
hizo abandonar las muñecas para convertirse en una.
La danza —para algunos teóricos— es una de las primeras
bellas artes. Su nacimiento se atribuye a los rituales mágico-religiosos
realizados en los inicios de la civilización. Una vez desvinculada
de su sentido sacro, la concepción del baile dio paso a la creación
de técnicas de ejecución y convenciones que la harían
desembocar en espectáculo donde lo importante es el virtuosismo
y la belleza.
Sofía Goumerova es heredera de una tradición occidental
burguesa: el ballet clásico. Nací en Moscú e inicié
mis clases en la Academia Vaganova —una de las más prestigiadas
de Rusia— a los seis años de edad. Su infancia y adolescencia
estuvieron dedicadas a cultivar la voluntad. La escritora especializada
Natalia Sokovikova explica: la fuerza de voluntad en la formación
de los niños bailarines es necesaria no solamente para ayudar al
desarrollo y flexibilidad de los músculos y la estructura ósea
que otorgan fuerza y alta velocidad de reacción, sino también
para promover la concentración y atención.
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