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talento maravilloso el de asociar un aroma cualquiera a un momento, un
paisaje, a sentimientos o seres queridos! ¡Qué priviliegio
enorme tener la habilidad de crear esa fragancia y rendir así homenaje
a la vida y sus criaturas, al gusto por una mermelada o el recuerdo de
un día de campo! Annick Goutal (1946-1999) fue, sin duda, uno de
esos seres favorecidos con el don casi divino de otorgarle un olor a las
cosas. Su legado fragante es hoy parte del ritual de mujeres y hombres
que apenas pueden creer que la fragancia con la cual habían soñado
toda la vida existe. Entonces sólo resta salir corriendo por ella,
rociarla en la parte interna de las muñecas, aspirarla una vez
quizá pero tan profundamente que habrá de grabarse en cada
neurona de aquella parte del cerebro, la más antigua, la más
difícil de complacer: el centro del olfato.
No sabemos por qué, pero Annick Goutal se vio obligada a abandonar
el piano, una pasión de la cual recuperaría el vocabulario
al descubrir su talento perfumero. Pronto se vería de vuelta inmersa
en “notas”, “armonías” y “claves”.
Si hacer perfumes fuera como componer música, entonces Annick Goutal
con su capacidad de emocionar sería Mozart.
Y volviendo al lenguaje, el de las fragancias es suculento. No sé
si serán las esencias de rosas de Turquía, lirios de Florencia,
limones de Sicilia o sándalo de Misora —todas utilizadas
en los bouquets divinos de Annick Goutal— el nombre de por sí
evoca ya territorios prodigiosos, culturas exóticas y la promesa
de encontrarlos atrapados en un frasco.
Hoy no sólo algunos elegidos pueden tener entre sus manos los frascos
de las 12 esencias para mujer y cinco para hombre con títulos (y
no nombres pues se trata de obras de arte) por demás sugerentes.
Realizando los sueños de su amiga, Brigitte Taittinger, presidenta
de la firma Annick Goutal, los está llevando a todos los rincones
del mundo.
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