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la escuchó en su turno de locución en Rock 101 o se deleitó
con el programa Salsabadeando conoce el acelerado, irónico y desenfadado
talante de Lynn Fainchtein, una judía guadalupana nacida en la
Ciudad de México en los sesenta, cuya congénita pasión
por la música la ha llevado a colaborar en proyectos que han dejado
huella entre los melómanos de todas las edades. Pero, sobre todo,
a cumplir con su propio precepto: “lo que haga debe tener buena
música”.
La que más le gusta es la negra, porque es la más cachonda,
y detesta abiertamente la country. Inició su colección discográfica
con la idea de tener un poco de todo, de ahí que ningún
género le sea ajeno. Compraba discos a escondidas de su madre porque
le decía que era una disoluta que dilapidaba el dinero en cosas
que no la iban a llevar a nada. Y es en discos, ciertamente, en lo que
más ha gastado en la vida. El mundo está plagado de música
y nunca antes había habido tantas opciones. La gente viciosa como
yo tiene sus listas, los pide, da la mitad de su cuerpo porque alguien
se los traiga o es capaz de irse de viaje para comprar los 30 seleccionados
de las últimas dos semanas.
Sin embargo, dice, es la peor época para la industria porque la
piratería, las canciones que bajas de Internet y el excesivo costo
de los discos, están haciendo que no se vendan, lo que provoca
que las compañías no inviertan en nuevo talento. La piratería
puede causar que una trasnacional cierre su puertas: las últimas
cifras revelan que por cada disco, hay ocho piratas. Y el problema es
mundial. La música está empezando a pasar a manos gente
que no son disqueros, porque se han tardado en tomar medidas. En la industria
de la música todo gira alrededor del dinero. No tiene nada de altruista
ni está preocupada por la cultura.
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