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Sandra Guida, la primer bailarina de la Compañía Nacional
de Danza Laura Morelos, Eugenio Montessoro y Laura Cortés entre
un gran elenco de bailarines, exudan electricidad.
ajas
pasiones: celos, cinismo, avaricia, corrupción, asesinato y envidia
son los motores de esta epopeya que se combinan con una alta porción
de magia e ilusión propias del musical. Vestuarios pulcros en blanco
y negro descubren las abundantes piernas en incesante bailoteo.
Y
cómo evitarlo (el baile) cuando saxos, trombón y trompetas
se disponen en el centro del escenario para contagiarnos con las partituras
de Jonh Kander, las letras de Fred Ebb y el libreto del mítico
Bob Fosse. La banda, dirigida aquí por Isaac Saúl, ejecuta
ese jazz jubiloso que desde 1997 iniciara su amplio desfile de éxitos
con seis premios Tony como Mejor Musical y Mejor Director. En 1998 le
fue otorgado el Grammy al mejor álbum de un musical, al que siguió
la conquista de dos estatuillas en los premios Olivier de Londres.
En
México, su director, Walter Bobbie, ha elegido talentosos bailarines
que con su cuerpo logran evocar presidios, juzgados, apartamentos y por
encima de todo fantasías en movimiento. Todo es convención;
los elementos espaciales que nos indiquen un lugar salen sobrando. Son
las letras, las piernas, los muslos, las cinturas que, desnudas o apenas
cubiertas con mallas traslúcidas nos ubican, nos seducen, nos hacen
sonreír.
Uno
de los aciertos de este montaje es su evidente origen mexicano: todos
los bailarines han nacido o vivido en nuestro país, lo que nos
lleva a pensar que no es talento lo que necesitamos, sino infraestructura
económica. Una muestra es la tamaulipeca Sandra Guida, intérprete
del rol protagónico de Roxie Hart, que logra junto con todo el
elenco y la orquesta momentos de brillante ejecución y conmovedora
emoción.
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